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CRÉDITO: ISTOCK.COM / STATIONARYTRAVELLER

Las formas llamadas diagramas de Voronoi se encuentran en todo, desde las manchas de una jirafa hasta la piel de la yaca o las células del cuerpo. Surgen de reglas matemáticas simples, pero revelan la compleja belleza de la naturaleza. La naturaleza humana también puede ser hermosa.

Una luz en la oscuridad: encontrar lo bueno en el mundo natural

OPINIÓN: ¿Es absurdo pensar que la ciencia puede influir en nuestros valores? En absoluto, afirma la escritora KC Cole.


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Cuando el mundo parece oscuro y aterrador, cuando la compasión y la tolerancia parecen escasear, cuando la hostilidad y el odio hacen que nuestro futuro se presente sombrío, la esperanza surge del lugar donde menos la esperamos: la ciencia.

Como observó el filósofo romano Lucrecio en tiempos igualmente turbulentos, allá por el año 55 a. C.: “Este temor y esta oscuridad de la mente no pueden disiparse con los rayos del sol, los resplandecientes haces del día, sino solo mediante la comprensión de la forma exterior y el funcionamiento interno de la naturaleza”.

Sin duda, aplicar la ciencia “dura” a los asuntos humanos puede desviarse gravemente del camino. Desde la sanación cuántica hasta las tonterías cuánticas promovidas en la película What the Bleep, no hay rincón de la ciencia que no haya sido mancillado por personas que buscan dar consejos o ganar una discusión, insistiendo en que “todo es relativo”, o que la supervivencia del más apto requiere un combate brutal y que el egoísmo es algo natural.

Dicho esto, los creadores de la revolución cuántica acogieron con agrado las implicaciones filosóficas —y humanas— de sus descubrimientos. El físico Niels Bohr, el “padre” de la teoría cuántica, entendió que las contradicciones inherentes a la teoría significaban que lo contrario de una verdad profunda no es una herejía, sino que también puede ser cierto. Es más, algunos aspectos de la verdad pueden ser mutuamente excluyentes (la luz es una onda; la luz es una partícula). Estas descripciones complementarias explican cómo podemos vernos a nosotros mismos como conjuntos de quarks y, al mismo tiempo, como seres que piensan y sienten.

“Esta flexibilización de las reglas del pensamiento me parece la mayor bendición que nos ha dado la ciencia moderna”, escribió Max Born, otro pionero de la física cuántica y ganador del Premio Nobel. “La creencia de que solo hay una verdad y de que uno mismo la posee me parece la raíz más profunda de todo el mal que hay en el mundo”.

Por si pensaran que la física ha superado tales nociones, Frank Wilczek, un premio Nobel más reciente, abraza la complementariedad de Bohr como “una sabiduría que… les recomiendo”.

Wilczek concluye su libro de 2016, A Beautiful Question (Una hermosa pregunta), con un par de frases complementarias muy oportunas:

“El mundo físico encarna la belleza.

“El mundo físico es el hogar de la miseria, el sufrimiento y la lucha.

“En ninguno de estos aspectos debemos olvidar el otro”.

Lo que puede resultar confuso es que las cosas que creíamos fundamentales, como el espacio y el tiempo, son en realidad bastante elásticas, facetas de una verdad fundamental más amplia: la velocidad invariante de la luz.

Los primeros años del siglo XX también nos trajeron la relatividad especial, de la que el propio Einstein se quejó en una ocasión porque parecía interesar más a los clérigos que a los físicos. La lección fundamental de la teoría es todo lo contrario de “todo es relativo”. Se trata más bien de que las verdades fundamentales no cambian en diferentes marcos de referencia.

Lo que puede resultar confuso es que las cosas que creíamos fundamentales, como el espacio y el tiempo, son en realidad bastante elásticas, facetas de una verdad fundamental más amplia: la velocidad invariante de la luz. Así, el espacio puede encogerse y el tiempo puede ralentizarse, pero la relación entre ambos permanece constante.

Lo mismo ocurre con la energía y la materia. Cada una es una forma de la otra (E = mc²). Podemos pensar en la materia como una fase solidificada de la energía, que se transforma constantemente en formas cambiantes, transformándose sin dejar de ser la misma. La energía que utilizas para leer esta frase proviene del helado que te comiste ayer.

Nadie lo expresó mejor que otro premio Nobel de Física, Richard Feynman:

“¿Qué es esta mente?”, preguntó, “¿qué son estos átomos con conciencia?”.

Su respuesta: “¡Las papas de la semana pasada!”.

Las lecciones de la ciencia son claras: aunque las cosas que creemos fundamentales quizá no lo sean, las relaciones entre las cosas sí lo son.

Cuanto más comprendemos el universo, más pueden esos conocimientos guiarnos hacia un futuro plausiblemente mejor —y más motivos tenemos para abandonar los malos comportamientos—.

La vida, también, se basa en relaciones, conexiones, comunidad. Compartimos genes con ácaros, hongos, mastodontes. Las células bacterianas de nuestro cuerpo igualan en número a las células humanas. Los virus han dejado su huella en nuestro ADN. La evolución temprana se disparó cuando organismos solitarios, como los antepasados de las mitocondrias, unieron fuerzas con otros para crear las primeras células eucariotas. El tapiz que es “usted” contiene la sabiduría combinada de ecosistemas enteros, incluida nuestra herencia biológica compartida: esos bonitos ojos azules podrían sugerir la presencia de neandertales en su ascendencia.

Nuestros cerebros se hicieron grandes en gran parte para llevar la cuenta de nuestros semejantes —para dar sentido a las relaciones—. Las familias, las tribus y los grupos sociales ayudaron a los primeros humanos a prosperar. La selección natural garantiza que sobrevivan los más aptos, pero “apto” puede significar una habilidad para formar coaliciones; los individuos pueden mejorar sus posibilidades de éxito formando alianzas y naciones —incluso las Naciones Unidas—.

Famosos experimentos de teoría de juegos de los años ochenta demostraron, para sorpresa de todos, que las estrategias cooperativas son, a largo plazo, más exitosas que las despiadadamente competitivas. En competiciones entre programas informáticos, la estrategia “amable” siempre salió ganadora. Por lo general, el primer paso es cooperar; si lo traicionan, tome represalias. Pero sea indulgente e intente cooperar de nuevo.

No funciona en todos los entornos —en un desequilibrio extremo de poder, por ejemplo—. Es un juego a largo plazo. El interés propio despiadado puede ganar hoy, pero perdurar implica, en cierta medida, llevarse bien.

Las matemáticas no son el único ámbito en el que “el ganador se lo lleva todo” es una estrategia perdedora. Los depredadores que aniquilan a sus presas pueden extinguirse. Los virus que matan a sus huéspedes de golpe no duran mucho; para mantenerse en el juego, nos necesitan vivos y activos, estornudando, gritando y yendo a bares.

Los virus como el SARS-CoV-2 se adaptan mucho mejor que nosotros a los entornos cambiantes porque pueden diversificarse en un abrir y cerrar de ojos. Cuando una estrategia falla, adoptan otra. Las mutaciones proporcionan múltiples vías, rutas alternativas hacia el éxito.

Sin diversidad, sin embargo, estamos atascados. Los monocultivos son frágiles. Los bananos que tanto nos gustan corren peligro de desaparecer porque, aunque cultivar una sola variedad facilita el cultivo y la cosecha, una sola plaga puede ser fatal para toda una finca. La hambruna de la patata en Irlanda, que mató a cientos de miles de personas, se produjo en gran parte porque los agricultores llegaron a depender de una única variedad vulnerable de tubérculo. Sin variación, la naturaleza no tiene nada entre qué seleccionar, ningún plan B cuando suceden cosas malas de repente.

“Nada es demasiado maravilloso para ser verdad”.

— MICHAEL FARADAY

Entre los humanos, contar con compañeros de trabajo de orígenes diversos puede ampliar las perspectivas, aportar nuevas formas de pensar y abrir la mente a soluciones más inteligentes. Al menos una serie de estudios de concluyó que la diversidad estaba relacionada con una mayor probabilidad de obtener beneficios. El más reciente, un estudio de McKinsey & Co. sobre más de 1.200 empresas de 23 países, reveló que las empresas centradas en la diversidad de género tenían un 39 % más de probabilidades de superar los beneficios medios de su sector; la diversidad étnica mostró un resultado similar.

Y por si necesitáramos más razones para ser decentes, la neurociencia sugiere que la generosidad libera endorfinas. Las personas que regalan dinero se sienten, de hecho, más ricas que aquellas que lo acumulan. Es más, son más sanas. Dar reduce la presión arterial, aumenta la esperanza de vida, disminuye el estrés y potencia la autoestima. La “euforia del que ayuda” puede ser tan adictiva como las drogas.

Quizá sea absurdo pensar que la ciencia pueda influir en nuestros valores, aferrándonos a un clavo ardiendo con la esperanza de que la ciencia nos dé la oportunidad de ser mejores personas. Pero me gusta pensar que Lucrecio tenía razón: cuanto más comprendemos el universo, más pueden esos conocimientos guiarnos hacia un futuro plausiblemente mejor —y más motivos tenemos para abandonar los malos comportamientos—.

¿Un pensamiento ilusorio? Quizás.

Pero, como dijo el científico del siglo XIX Michael Faraday: “Nada es demasiado maravilloso para ser verdad”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

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