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CRÉDITO: REVISTA KNOWABLE

Comprender las raíces de nuestras preferencias por la comida reconfortante puede indicar formas de mejorar su valor nutricional.

¿Por qué se nos antoja la ‘comida reconfortante’?

La nostalgia juega un papel importante en las comidas que nos reconfortan —lo que significa que podríamos reeducarnos para optar por alimentos más saludables que también nos den consuelo—.


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Cuando estoy estresada, a menudo me apetece kasha varnishkes, un plato judío askenazí elaborado con granos de trigo sarraceno, cebollas salteadas y pasta en forma de lazo que aparecía en casi todas las mesas festivas mientras crecía. Gracias a su aroma característico, mi marido ni siquiera puede estar en la misma habitación con este plato. Para él, el consuelo viene en un plato de pasta con la salsa de tomate de su bisabuela siciliana. Cuando no hay tiempo para elaborar platillos de la cocina tradicional, el helado nos sirve a los dos.

Esta es la esencia de un término aparentemente acuñado en una columna de periódico de 1966 por la psicóloga Joyce Brothers: “Los adultos, cuando se encuentran bajo una grave angustia emocional, recurren a lo que podría llamarse ‘comida reconfortante’: alimentos asociados con la seguridad de la infancia, como el huevo escalfado de mamá o la famosa sopa de pollo”.

En la época de Brothers, la mayoría de los alimentos reconfortantes (como la mayoría de los alimentos) eran caseros o mínimamente procesados. Pero en las décadas posteriores, los fabricantes de alimentos han utilizado tecnologías cada vez más sofisticadas para crear versiones asequibles y altamente procesadas de los alimentos reconfortantes favoritos de los estadounidenses, como el puré de papas, los pasteles y los helados. Cargados de calorías y con un alto contenido en sal, grasa y azúcar, estos alimentos ultraprocesados hacen que los alimentos reconfortantes de hoy en día sean más adictivos y menos saludables que los de generaciones anteriores.

La ciencia, sin embargo, podría mostrar el camino hacia alimentos reconfortantes más saludables y con menos calorías. Las investigaciones indican que los efectos de estos alimentos son en gran medida psicológicos, por lo que quizá pueda entrenar a su cerebro para que busque alimentos más nutritivos —o tal vez encontrar el consuelo que busca sin comer nada en absoluto—.

Ultraprocesados

Debido a la necesidad de comodidad del mundo moderno, es muy probable que al menos uno de sus alimentos reconfortantes sea ultraprocesado. En un estudio aún no publicado, A. Janet Tomiyama, investigadora en psicología de UCLA, examinó los datos del estudio “Eating in America” de la UCLA, en el que 1.760 participantes que se identificaron a sí mismos como “comedores de consuelo” enumeraron sus tres opciones principales. De los 300 alimentos reconfortantes enumerados por los participantes, el 42,7 % eran ultraprocesados, según descubrió el equipo de Tomiyama.

Estos alimentos se asemejan a sus equivalentes caseros gracias a ingredientes extraídos de alimentos integrales, en lugar de utilizar los alimentos en sí mismos. Por ejemplo, todos los macarrones con queso son procesados, ya que tanto los macarrones como el queso son en sí mismos mínimamente procesados, pero las versiones ultraprocesadas utilizan las opciones más refinadas. A menudo incluyen estabilizantes, potenciadores del sabor y otras sustancias que no se usarían en la cocina doméstica, añadidas para maximizar la vida útil y la palatabilidad que aportan la sal, la grasa y el azúcar. Y dado que los alimentos altamente procesados suelen requerir poca o ninguna cocción, los padres ocupados han acabado dependiendo de ellos.

Los alimentos ultraprocesados también invitan a comer en exceso, ya que requieren menos masticación: el procesamiento elimina la estructura natural de los ingredientes, por lo que el producto se ingiere más rápidamente. Las investigaciones muestran que los consumimos más rápido que los alimentos sin procesar o mínimamente procesados, ingiriendo hasta el doble de calorías por minuto. En un estudio de 2024, los participantes comieron un sándwich de desayuno ultraprocesado preparado con pan tostado comercial con margarina, jamón y queso, o un sándwich mínimamente procesado con pan de una panadería local y huevos cocinados en aceite de soya. Las comidas tenían el mismo contenido calórico y de macronutrientes, pero los sándwiches ultraprocesados se consumieron más rápido, con menos bocados y menos masticación —y quienes los comieron declararon sentir más hambre después que quienes habían optado por la opción de alimentos integrales—.

Gráfico que muestra la tasa de ingesta calórica de los alimentos no procesados, procesados y ultraprocesados.

Las personas consumen alimentos ultraprocesados más rápidamente que las alternativas menos procesadas, en parte debido a su textura uniforme. Esto hace que sea más fácil comer en exceso los alimentos ultraprocesados.

Pero eso no es todo: los científicos tienen pruebas de que los alimentos ultraprocesados plantean riesgos que van más allá del mero exceso. Algunas investigaciones también sugieren que estos alimentos envasados, especialmente los dulces, pueden secuestrar el sistema de recompensa del cerebro para crear un efecto adictivo.

Para intentar eludir el vínculo entre el ultraprocesado y el consuelo, los científicos en nutrición están trabajando para comprender cómo y por qué ciertos alimentos mejoran nuestro estado de ánimo. Han descubierto que Brothers tenía razón: la comida reconfortante sí que se remonta a la infancia.

En un estudio de 2025, por ejemplo, el sociólogo Nick Rogers, de la Universidad de Pittsburgh, y sus colegas realizaron entrevistas en profundidad para averiguar por qué, exactamente, la comida reconfortante es tan reconfortante. Casi todos los 27 participantes, de diversa procedencia demográfica, a quienes se entrevistó durante aproximadamente una hora en varias ocasiones, describieron un vínculo emocional con platos concretos que comían de niños, aunque los platos específicos variaban según la cultura. Esas experiencias impregnaron los alimentos de recuerdos de buenos momentos, de sentirse seguros y cuidados. Como adultos, dijeron los participantes, recurrían a esos alimentos durante los momentos de soledad.

“La comida reconfortante tiene la capacidad, al parecer, de hacernos sentir seguros, satisfechos y conectados de una manera que quizá nada más pueda igualar”, afirma Rogers.

Un niño feliz en brazos de su madre toma un helado.

Las comidas reconfortantes nos transportan a los sentimientos de seguridad y familia de la infancia.

CRÉDITO: ISTOCK.COM / ANDRESR

La familiaridad, la fiabilidad y la comodidad fueron factores importantes para muchos de los participantes, por lo que no es de extrañar que se mencionaran alimentos ultraprocesados como las papas fritas de McDonald’s y los macarrones con queso de Kraft. Pero el vínculo con la infancia sigue vigente: dado que los fabricantes de alimentos llevan décadas diseñando alimentos ultraprocesados para que sean baratos, accesibles y atractivos, los padres han llegado a depender en gran medida de ellos —y ahora sus hijos perpetúan esas asociaciones—.

Se trata, en esencia, de condicionamiento. “La mayoría de las culturas celebran con comida, o utilizan la comida como una forma de reunirse con amigos y seres queridos”, afirma Tomiyama. “Las personas aprenden a asociar eso con emociones positivas, y esa conexión se refuerza a lo largo de toda la vida, pero especialmente en los primeros años”.

Esto significa que la comida que cada uno de nosotros encuentra reconfortante es algo muy personal, derivado de una combinación de factores psicológicos, culturales y fisiológicos, afirma John Munafo, científico especializado en sabor de la Universidad de Tennessee, coautor de un artículo sobre la ciencia de la comida reconfortante en el Annual Review of Food Science and Technology de 2025. Sin la conexión psicológica con un alimento específico, es posible que disfrutes comiéndolo, pero no encontrarás la sensación de calma que buscas.

Para muchos estadounidenses, la comida reconfortante es sinónimo de indulgencia, pero el valor nutricional de los alimentos varía según la cultura, como deja claro el análisis de la investigación realizado por Munafo. Como estadounidense de tercera generación, yo misma recurro a los carbohidratos, carbohidratos y más carbohidratos. Pero si me hubiera criado en Vietnam, quizá optaría por el pho, un reconfortante caldo de res con fideos de arroz y guarniciones saludables como hierbas frescas. En Colombia, quizá me hubiera criado a base de ajiaco, una sopa reconfortante de pollo, papas y maíz. La conexión psicológica importa más que la comida en sí.

Tabla que muestra lo saludables que son algunos alimentos reconfortantes.

No todos los alimentos reconfortantes son poco saludables, como se observa en esta comparación de una muestra intercultural de alimentos reconfortantes. El rojo indica alimentos con un alto nivel de un nutriente concreto, mientras que el azul indica alimentos con un nivel bajo.

La nostalgia, ese anhelo melancólico por una época en la que uno se sentía feliz y conectado con los demás, es un elemento clave del poder de la comida reconfortante, afirma Chelsea Reid, psicóloga social del College de Charleston. Ella y sus colegas llevaron a cabo cuatro experimentos, publicados en 2025, que exploraban los vínculos entre la nostalgia por la comida, la conexión social y el consuelo. Cuando pidieron a los participantes que valoraran los alimentos según su capacidad para evocar sentimientos de nostalgia y consuelo, descubrieron que cuanta más nostalgia inspiraba un alimento, más probable era que el participante se sintiera reconfortado: los participantes recordaban momentos en los que se sentían conectados con los demás, y esos recuerdos mejoraban su estado de ánimo. En otras palabras, dice Reid, la comida reconfortante servía como recordatorio de amigos y cuidadores a los que echaban de menos.

En tres de cada cuatro de los experimentos de Reid, los participantes no comieron nada en realidad. En su lugar, simplemente visualizaron la experiencia de comer ciertos alimentos y escribieron sobre la experiencia imaginada, para luego valorar los alimentos en función de la nostalgia y el consuelo. Incluso sin comer, experimentaron beneficios emocionales. Esto concuerda con investigaciones anteriores que descubrieron que el mero hecho de escribir sobre la comida reconfortante puede reducir los sentimientos de soledad.

“Esto apunta a que el componente psicológico es increíblemente importante, quizá por encima del acto de masticar o saborear”, afirma Reid. “En realidad, es la combinación de ‘esto es lo que la comida significa para mí, esta es la situación en la que la consumí y con estas personas’ lo que parece impulsar esa relación”.

La investigación de Reid sugiere que, aunque los efectos de la comida reconfortante para mejorar el estado de ánimo son reales, puede que no sea solo el acto de comer lo que los proporciona. El mero hecho de pensar en la fuente culinaria de consuelo podría evocar sentimientos cálidos y nostálgicos similares.

Reprogramación

Científicos también han investigado si podemos reeducar nuestro cerebro para que asocie el confort con lo saludable y, de este modo, encontrar consuelo sin caer en el exceso. En un experimento, Tomiyama y sus colegas hicieron que los participantes escucharan una sesión de relajación grabada, conocida por reducir el estrés, mientras comían fruta. Los voluntarios hicieron esto todos los días durante una semana y, después, solo recibieron la fruta. La conexión pavloviana funcionó, afirma Tomiyama: los participantes reportaron sentir una mayor disminución de las emociones negativas en comparación con un grupo de control, como si sus cerebros hubieran aprendido a asociar la relajación con la fruta.

Otro estudio de Tomiyama y sus colegas lleva esto un paso más allá. Primero se pidió a los participantes que eligieran sus alimentos reconfortantes preferidos de dos listas: una compuesta por alimentos procesados con alto contenido en grasas y/o azúcares, y la otra por frutas y verduras. El día del experimento, se pidió a cada participante que pronunciara un discurso de cinco minutos para inducir altos niveles de estrés. A continuación, se les ofreció su opción preferida de la lista de alimentos reconfortantes saludables o poco saludables, o bien nada de comida. Durante todo el proceso, se les monitorizó mediante medidas fisiológicas y psicológicas.

Los resultados mostraron que el estado de ánimo de todos mejoró tras el estrés del discurso, tanto si comían su comida reconfortante ultraprocesada favorita, productos frescos o nada en absoluto. Sus sentimientos negativos simplemente remitieron con el tiempo. Comer comida reconfortante no proporcionó ningún impulso adicional más allá de la recuperación normal, y los alimentos “de recompensa” ultraprocesados no resultaron más reconfortantes que las frutas y verduras.

Incluso los participantes del grupo que no comió nada, que simplemente se sentaron y luego vieron un vídeo neutro sobre cómo se fabrican los audífonos, se sintieron mejor a medida que el estrés desaparecía. En otras palabras, es posible que estemos atribuyendo a los alimentos reconfortantes el mérito de una mejora del estado de ánimo que experimentaríamos de todos modos.

En conjunto, los experimentos de Reid y Tomiyama sugieren que no hay nada especialmente reconfortante en el acto de comer alimentos ultraprocesados y ricos en calorías. Es una buena noticia para las personas estresadas de todo el mundo que recurren a la comida. “La gente no tiene por qué recurrir a ese litro de helado para sentirse reconfortada”, afirma Tomiyama.

Así que, aunque piense que comer la comida reconfortante de su infancia le hará sentir mejor, es casi seguro que puede encontrar alivio de otra manera. En cuanto a mí, la próxima vez que el estrés me haga coger una cuchara, pienso dibujar mi helado de galleta en su lugar.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

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