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CRÉDITO: EDWARD HOPPER / DOMINIO PÚBLICO

Investigadores están buscando las regiones del cerebro que regulan nuestra búsqueda de compañía.

Por qué anhelamos la compañía

Neurocientíficos están descubriendo que pasar tiempo con otras personas puede ser una necesidad biológica básica, como la necesidad de comer o beber agua.


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Ante nuestros ojos humanos, el rostro peludo de un ratón no delata muchas emociones. Pero si uno observa el lenguaje corporal de un ratón que se reencuentra con una de sus hermanas tras pasar cinco días solo en una jaula, es posible creer saber lo que está sintiendo.

El ratón, antes aislado, chilla con un tono demasiado agudo para que lo oiga un humano. Sigue a su hermana, arrastrándose por debajo del cuerpo del otro ratón como si intentara conseguir un abrazo. Parece que siente lo mismo que usted o yo sentimos al encontrarnos con un amigo perdido hace tiempo o con un familiar —quizá con más olfateos—.

Parece que se ha sentido sola.

La soledad no es exclusiva de los humanos, y tampoco lo son sus efectos nocivos. Durante la última década, algunos investigadores han llegado a creer que el anhelo de un animal por la compañía de otros no es solo una preferencia, sino una necesidad básica y profundamente arraigada. Cuando no socializamos lo suficiente, sentimos esa carencia como el hambre o la sed, dicen. Cuando nos hemos saciado de compañía, nos sentimos satisfechos o saciados.

La cantidad de socialización que necesita un ser vivo puede ser específica de esa especie, e incluso de ese individuo. Los científicos han encontrado diferencias sociales dentro de la misma especie en aves, monos, peces e incluso cucarachas.

Entre los humanos, “puedes sentirte solo en una fiesta, o puedes sentirte bien estando solo en tu oficina”, dice Kay Tye, neurocientífica del Instituto Salk de Estudios Biológicos de California. Sea cual sea el grado ideal de convivencia, Tye y otros creen que la necesidad de un animal de equilibrar el tiempo a solas y el tiempo con los demás representa una especie de homeostasis: un equilibrio que es fundamental para la supervivencia. Hoy en día, se han propuesto descubrir en qué parte del cerebro se controla este equilibrio, con la esperanza de que su trabajo redunde en beneficio de los seres humanos que se sienten solos.

Una variedad de formas de socialización

Los castores viven con sus familias inmediatas. Los estorninos se agrupan en enormes bandadas. Los orangutanes machos adultos deambulan en solitario hasta que llega el momento de buscar pareja. ¿Qué determina el grado ideal de socialización de un animal?

Tim Clutton-Brock, biólogo evolutivo jubilado de la Universidad de Cambridge, afirma que varios factores pueden empujar a las especies a volverse más o menos sociales a medida que evolucionan. Uno es la necesidad de mantenerse calientes. Otro es la búsqueda de alimento: ¿buscar comida en grupo facilita o dificulta la alimentación de ese animal? ¿Y qué hay de la depredación? ¿Hay seguridad en el número, o es mejor estar solo y pasar desapercibido? ¿Necesitan las hembras la ayuda de otros para criar a sus crías?

Foto de un orangután en un árbol.

Las diferentes especies, e incluso los individuos dentro de una misma especie, tienen necesidades sociales distintas. Los orangutanes, por ejemplo, son los más solitarios de los grandes simios.

CRÉDITO: ALANBEDFORDSHAW / iNATURALIST.ORG

“Lidiar con los vecinos” también es importante, afirma Clutton-Brock. Por ejemplo, las suricatas que estudia en el desierto del Kalahari viven en grupos territoriales, y los constantes conflictos hacen que sea mejor vivir en manadas. Una suricata salvaje que se separa del grupo se muestra visiblemente angustiada y mira a su alrededor constantemente. “Es evidente que se preocupan muchísimo”, afirma.

Dentro de cada especie, Clutton-Brock afirma que la evolución probablemente ha permitido una variedad de tipos de personalidad en torno a una media determinada de la especie. “Hay un costo por tener demasiada ansiedad” por estar solo, dice, “y un costo por tener muy poca ansiedad”. Una especie puede funcionar mejor con una mezcla de estilos sociales.

Sea cual sea la cantidad adecuada de actividad social para un animal, las investigaciones sugieren que no satisfacerla puede tener graves consecuencias para la salud mental y física. Las personas que están socialmente aisladas, o se sienten solas, mueren antes. Las malas relaciones sociales están relacionadas con enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares. Ciertas ratas hembras, cuando son ubicadas solas, son más propensas a desarrollar cáncer.

Tye comenzó a investigar la soledad mucho antes de que la pandemia pusiera el tema en primer plano. En 2016, demostró que ciertas neuronas del tronco encefálico —la parte más profunda y antigua del cerebro— se activan en ratones machos que permanecen aislados durante un día y luego se encuentran con otro ratón. Cuando los científicos inhibieron esas neuronas, los ratones anteriormente aislados se mostraron más distantes; cuando las activaron, los ratones se mostraron más ansiosos por buscar compañía.

Los investigadores se dieron cuenta de que podrían estar vislumbrando, dice Tye, “el sustrato celular de la soledad”.

En 2019, Tye y su coautora Gillian Matthews propusieron que esas neuronas del tronco encefálico forman parte de un sistema de homeostasis social. Al igual que un termostato, teorizaron, el cerebro de un ratón detecta cuánta compañía ha tenido el animal y lo compara con un ideal. A este ideal también se le puede llamar punto de referencia. En el cuerpo humano, por ejemplo, el punto de referencia de la temperatura es de unos 37 grados Celsius (98,6 grados Fahrenheit); cuando nos desviamos de él, temblamos o sudamos. Del mismo modo, sugirieron los investigadores, el cerebro del ratón impulsa sus comportamientos para mantener el equilibrio adecuado de actividad social.

Los científicos plantearon la hipótesis de que otros animales, incluidos los humanos, comparten este sistema. Aunque no es fácil comprobar algo así en personas, Tye se asoció con un grupo de investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts para realizar un experimento en el que las personas se sentaban solas en una habitación durante 10 horas.

Posteriormente, los participantes manifestaron un deseo intenso de interacción social. Cuando observaban imágenes de personas riendo juntas, sus cerebros se activaban en la misma región que los cerebros de los participantes en ayunas que veían imágenes de comida: un área, también situada en el tronco encefálico, repleta de neuronas dopaminérgicas implicadas en los antojos.

Foto de un hermano y una hermana abrazándose.

Nuestro sentido del tacto puede ser una parte importante de nuestro termostato social.

CRÉDITO: FOTO DE PATTY BRITO EN UNSPLASH

Para obtener más pruebas de que este deseo forma parte de un verdadero sistema homeostático, Catherine Dulac, neurocientífica de la Universidad de Harvard y del Instituto Médico Howard Hughes, se fijó en otra parte del cerebro: el hipotálamo, una región profunda situada justo encima del tronco cerebral que alberga los centros de control del hambre, la sed y nuestra necesidad de dormir. Este calibra cada una de estas necesidades básicas utilizando una especie de termostato neuronal —o, como a Dulac le gusta llamarlo, un “contador de frijoles”—.

En el caso del hambre, por ejemplo, los científicos han encontrado un conjunto de neuronas dentro del hipotálamo que estimula el apetito y le dice al animal que coma. Otro conjunto de neuronas regula la sensación de plenitud —lo que los biólogos llaman saciedad— y le indica al animal que deje de comer. Dulac supuso que encontraría un sistema similar en el hipotálamo para la soledad, compuesto por dos conjuntos de neuronas: “uno que codifica la necesidad” de compañía, dice, “y otro que codifica la saciedad”.

En un estudio publicado en 2025, ella y sus colegas aislaron a ratones hembras adultas durante cinco días. Los días uno, tres y cinco, cada ratón aislado pudo tener una visita de 10 minutos con su hermana. Al observar el interior de las cabezas de los ratones sometidos a estas separaciones y reencuentros, los investigadores vieron justo lo que buscaban: un grupo de neuronas en el hipotálamo comenzaba a activarse cuando los animales estaban aislados, y se desactivaba cuando se reunían. Un segundo grupo de neuronas hacía lo contrario.

Es más, cuando los científicos utilizaron una técnica llamada optogenética para activar artificialmente las neuronas de separación cada vez que los animales entraban en una cámara determinada, las ratonas evitaban pasar tiempo allí. Esto sugería que estas células cerebrales, cuando se activaban, provocaban una sensación desagradable en las ratonas. “Es desagradable estar solo, del mismo modo que se ha demostrado que es desagradable tener hambre”, afirma Dulac, coautor de una revisión sobre la interacción social como necesidad fundamental en el Annual Review of Neuroscience de 2026.

Pero la activación de las células opuestas —las neuronas de reencuentro— llevó a los ratones a pasar más tiempo en la cámara. Estas células están conectadas al sistema de dopamina del cerebro, que distribuye placer y recompensas.

Aparte de hacernos sentir bien o mal, dice Dulac, el sello distintivo de un sistema homeostático es un efecto de “rebote”: cuanto mayor es la privación, más necesita el animal compensarla. Cuando tenemos sed, bebemos más. Y los investigadores observaron lo mismo en sus ratones: cuanto más tiempo llevaba un ratón aislado, más tiempo pasaba siguiendo, olfateando y chillando al otro.


En un experimento de laboratorio, un ratón que ha estado aislado reacciona ante el reencuentro con su hermana olfateándola, siguiéndola e intentando meterse debajo de ella.

CRÉDITO: D. LIU ET AL / NATURE 2025

Dulac afirma que sus hallazgos en el hipotálamo y los de Tye en el tronco encefálico probablemente representan diferentes componentes del mismo sistema. Otros estudios han encontrado neuronas en otras partes del cerebro que podrían estar involucradas.

Al igual que nuestro apetito por la comida, el mecanismo de la homeostasis social podría estar distribuido por muchas partes del cerebro, afirma Tye. Al fin y al cabo, nuestro cerebro necesita detectar la cantidad de interacción social que tenemos, compararla con un ideal y, a continuación, dirigir nuestro comportamiento para que consigamos más o menos compañía.

Los científicos también creen que los circuitos que detectan y gestionan la soledad probablemente sean similares en los cerebros humanos y de los roedores. A diferencia de nuestra corteza, de evolución más reciente, nuestras regiones cerebrales profundas se parecen mucho a lo que hay dentro de la cabeza de un ratón. Un ser humano solitario podría estar sintiendo los efectos de un cableado establecido hace mucho tiempo en nuestra evolución.

La importancia del tacto

Tras estudiar ratones hembras, Dulac se ha centrado ahora en los machos, que tienen motivaciones sociales contrapuestas debido a su comportamiento territorial hacia otros machos.

Por su parte, Tye ha comenzado a estudiar a las hembras tras haber estudiado a los machos. Hasta ahora, ha observado que se vuelven cada vez más sociables con el tiempo, a diferencia de los machos, que se vuelven antisociales tras dos semanas de aislamiento y no parecen felices cuando se reencuentran con otros ratones. “Es como una actitud evasiva, territorial, del tipo ‘fuera de mi territorio’, en lugar de una actitud de ‘qué alegría volver a verte’”, dice Tye. Los científicos aún no comprenden esta diferencia fundamental entre sexos.

Curiosamente, los investigadores también han observado un efecto antisocial en presos humanos sometidos a aislamiento prolongado. Además de otros daños psicológicos, los presos pueden dejar de ansiar el contacto social y empezar a temerlo.

Además de intentar comprender las diferencias entre el aislamiento crónico y el de corta duración, los investigadores también están tratando de averiguar cómo utilizan los animales sus sentidos para evaluar cuánta compañía tienen.

En los experimentos de Dulac, la visión no parecía ser necesaria: los ratones ciegos reaccionaban a la separación de manera similar a los ratones videntes. Tampoco el olfato ni los sonidos tenían la respuesta: cuando los ratones eran separados físicamente por un separador perforado dentro de la misma jaula —de modo que aún podían oír y oler a sus compañeros—, reaccionaban como si estuvieran completamente aislados.

El único sentido que parecía importar era el tacto: el roce del cuerpo de otro ratón les indicaba que tenían un amigo cerca.

Cuando los investigadores forraron un tubo con tela suave para que los ratones lo atravesaran, observaron que los animales aislados preferían el túnel suave al duro. Al igual que una manta con peso para los humanos, tal vez, el contacto con las paredes peludas hacía que los ratones solitarios se sintieran un poco mejor.

Ishmail Abdus-Saboor, neurobiólogo del Instituto Zuckerman de la Universidad de Columbia que estudia el tacto y fue coautor del estudio de Dulac, afirma que el resultado no le sorprendió. “Es coherente con la idea de que el tacto es quizás una de las sensaciones más esenciales para el bienestar”, dice.

Nuestro sentido del tacto no es algo único. El cuerpo tiene diferentes vías para procesar distintas sensaciones, como el dolor o el picor, o los contactos sociales. Los seres humanos tenemos neuronas específicas en las zonas peludas de la piel, por ejemplo, que se activan con caricias lentas. (Los ratones tienen neuronas similares.) Y la presión profunda, similar a un abrazo o un masaje, activa una región del cerebro parecida a la que se activa con las caricias.

Abdus-Saboor trabaja ahora con ratas topo desnudas en su laboratorio. Estos peculiares roedores, que viven en colonias, son a la vez los mamíferos más sociables del mundo y notablemente cariñosos. Espera que estudiarlos proporcione más respuestas sobre la conexión entre el tacto y la sociabilidad. Incluso cree que podrían ser mejores modelos que los ratones para el contacto social en los humanos, ya que su piel, casi sin pelo, se parece más a la nuestra que la de un ratón.

Foto de unas ratas topo desnudas acurrucadas.

Las ratas topo desnudas son los únicos mamíferos que viven en colonias organizadas y cooperativas, similares a las de las abejas o las hormigas. Además, son extremadamente cariñosas.

CRÉDITO: BOB OWEN / FLICKR

Estas neuronas del tacto social podrían transmitir señales desde la piel del animal a su cerebro que le indican que no está solo, lo que hace que el animal se sienta mejor. “Si logramos interceptar esta vía, ¿podría utilizarse como terapia para promover la salud y el bienestar? Creo que sí”, afirma Abdus-Saboor, quien escribió una reseña sobre la investigación del tacto social en el Annual Review of Neuroscience de 2026.

Incluso antes de que los científicos utilicen esta investigación para desarrollar nuevos tratamientos, Dulac afirma que pone de relieve el peligro del aislamiento en las prisiones. “Cuando se deja a las personas solas, su cerebro simplemente envía esta señal de peligro: ‘No deberías quedarte solo’”, afirma.

Tye imagina que, si los científicos comprendieran mejor el contador social del cerebro, algún día podrían encontrar una forma de mitigar los efectos del aislamiento sobre la salud. Por ahora, ella y sus coautores sugieren que pasar tiempo en diversos entornos sociales es la mejor manera de protegerse contra el malestar.

Antes de la Covid, recuerda Tye, siempre estaba con otras personas. Luego, “durante la pandemia, estuve sola mucho tiempo. Y fue realmente estresante para mí”, afirma. Cree que concedernos tiempo a solas de forma regular, así como tiempo en grupos pequeños y grandes, puede hacernos más tolerantes a los cambios.

Como no somos roedores, quizá podamos satisfacer nuestras necesidades sociales —al menos parcialmente— de formas que ellos no pueden. Podemos conectar con un ser querido mediante una llamada o un mensaje. Aun así, dice Tye, el contacto físico parece ser especialmente vital.

Abdus-Saboor, que está casado y tiene dos hijos, dice que es “muy consciente” de tocar a su familia: una palmada de apoyo, un masaje en la espalda. Sus hijos ya tienen edad para ir al colegio solos, pero él se asegura de saludarlos antes de que se vayan.

“Es como: ‘Dame un abrazo antes de que te vayas’”, dice.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

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