Una brújula social en el cerebro
Las personas con un trastorno genético poco común que daña la amígdala están ayudando a los neurocientíficos a replantearse cómo el cerebro da forma al miedo, la confianza y la preocupación por los demás.
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El viento levanta el polvo de la carretera sin asfaltar una tarde de diciembre mientras Jack van Honk se adentra en un barrio destartalado de Lambert’s Bay, en la costa oeste de Sudáfrica. Una mujer robusta con un vestido de verano rojo estampado sale de una pequeña casa pintada de un verde mar muy pálido; su patio de tierra ocre está repleto de plantas en macetas, muchas de ellas medicinales. Sonríe ampliamente, con profundas arrugas que surcan un rostro angelical y, sin embargo, marcado por las preocupaciones más allá de sus 47 años. “¡Doctor! Le echaba de menos”, dice radiante, con una voz ronca que es poco más que un susurro.
María es portadora de una rara mutación genética casi desconocida fuera del sur de África. Sus efectos han sido la calcificación de una parte del cerebro llamada amígdala basolateral, y el engrosamiento y cicatrización de las cuerdas vocales. Una amiga de María con la misma afección vive a varias horas tierra adentro, y a veces se ven cuando van Honk las lleva a Ciudad del Cabo para hacerse escáneres cerebrales y otras pruebas. “Me ayuda saber que no estoy sola”, dice María.
En todos los aspectos de la vida cotidiana —mantener un trabajo, llevar la casa, criar a dos hijos adolescentes— María es competente y comprometida. “Hablas con ella y no ves nada raro”, dice van Honk, neurocientífico social de la Universidad de Ciudad del Cabo. Ella y otras personas que él conoce con su enfermedad, la enfermedad de Urbach-Wiethe, “son personas amables y dulces por naturaleza”. En una entrevista en su cocina, María se esfuerza por recordar siquiera un momento fugaz de infelicidad —antes de mencionar que echó a su pareja hace unos años por su problema con el alcohol—.

María padece un trastorno genético poco común que daña parte de la amígdala, una región del cerebro cada vez más relacionada no solo con el miedo, sino también con la forma en que los seres humanos valoran las necesidades de los demás.
CRÉDITO: RICHARD STONE
Sin embargo, en pruebas y cuestionarios diseñados para arrojar luz sobre las decisiones morales, María, y otras personas con Urbach-Wiethe, fallan de forma desconcertante, que cuestionan una de las suposiciones más arraigadas de la neurociencia.
Factores de miedo
La amígdala, una región del cerebro del tamaño y la forma de una almendra, se ha descrito durante mucho tiempo —casi mitificada— como el centro del miedo del cerebro. Esa visión surgió de los primeros experimentos con roedores que mostraban su papel en las reacciones defensivas. “Hubo muchos descubrimientos que relacionaban la amígdala con el condicionamiento al miedo”, afirma Steve Chang, neurocientífico de la Universidad de Yale que estudia la cognición social y la toma de decisiones en monos. En dichos estudios, ratones y ratas aprenden a asociar una señal neutra —como un tono— con una leve descarga eléctrica en las patas. Pronto, el simple sonido les hace quedarse paralizados anticipadamente, una respuesta al miedo aprendida que desaparece tras el daño de la amígdala.
Pero en los últimos años, los estudios en animales y humanos han dibujado un panorama más complejo. En lugar de un simple interruptor del miedo, ahora se entiende que la amígdala es una Gran Estación Central en el cerebro: una red de núcleos especializados que ayudan a detectar lo que nos importa para que podamos tomar decisiones, afirma Elizabeth Phelps, psicóloga de la Universidad de Harvard que estudia cómo las emociones afectan a la cognición. Los raros casos de la enfermedad de Urbach-Wiethe en Sudáfrica ofrecen una ventana única a ese circuito. Dado que la afección parece dañar la amígdala basolateral sin afectar a otras regiones de la estructura, ha ayudado a aclarar cómo los diferentes circuitos neuronales de la amígdala interactúan entre sí y con otras regiones del cerebro, no solo en el aprendizaje del miedo, sino también en el juicio social y la toma de decisiones.
Van Honk “está haciendo un trabajo realmente bueno al vincular su investigación con los estudios en animales para elaborar una teoría más amplia”, afirma Phelps, que no está afiliada al proyecto. El panorama que se perfila es intrigante, dice, aunque todavía no le resulta del todo convincente: Van Honk y sus colegas postulan ahora que la amígdala basolateral funciona principalmente como una especie de brújula social, ayudando a sopesar las necesidades e intenciones de los demás y a decidir quién es importante para nosotros.
Investigaciones anteriores habían esbozado un panorama más simple. En los años noventa, científicos dieron a conocer el sensacional caso de una joven con la enfermedad de Urbach-Wiethe, cuya amígdala se había calcificado casi por completo, y que encajaba en el modelo predominante de la amígdala del miedo. Tan alegre como María, S.M. (identificada solo por sus iniciales) no podía reconocer el miedo en las expresiones faciales de los demás, según informaron el neurocientífico Antonio Damasio y sus colegas en Nature en 1994.
A medida que los científicos fueron conociendo a S.M., ella les confió repetidamente lo mucho que odiaba las serpientes y las arañas y que intentaba evitarlas. Pero cuando un día la llevaron a una tienda de mascotas exóticas, cogió y acarició alegremente una serpiente durante tres minutos —comentando: “¡Esto es genial!”— y tuvieron que disuadirla de tocar serpientes más grandes y peligrosas. Se mostraba imperturbable en una casa encantada y no le afectaban las películas de terror. El equipo de Damasio concluyó que S.M. presentaba “un deterioro profundo y generalizado en la inducción y la experiencia del miedo”.
Como muchos en su campo, van Honk, un joven investigador en aquel entonces de la Universidad de Utrecht en los Países Bajos, quedó cautivado por la historia de S.M. “Debe de ser la paciente neurológica viva con síndrome de Urbach-Wiethe más famosa del mundo”, afirma. Luego, en 2003, durante la primera visita de van Honk a Sudáfrica, la psicóloga clínica Helena Thornton, de la Universidad de Ciudad del Cabo, le habló de sus esfuerzos por localizar a personas con la enfermedad de Urbach-Wiethe en Sudáfrica. Se dio cuenta de que el país ofrecía algo con lo que los neurocientíficos casi nunca se topan: no solo un paciente famoso, sino todo un grupo de personas que vivían con un trastorno neurológico raro.

El neurocientífico social Jack van Honk lleva dos décadas estudiando a personas con la enfermedad de Urbach-Wiethe en Sudáfrica.
CRÉDITO: RICHARD STONE
También conocida como proteinosis lipoide, la enfermedad de Urbach-Wiethe fue descrita científicamente por primera vez en 1929 por los investigadores médicos austriacos Erich Urbach y Camillo Wiethe. Investigaciones médicas posteriores remontaron la presencia del trastorno en Sudáfrica a un hermano y una hermana, Jacob y Else Cloete, que habían emigrado desde Colonia, Alemania, a mediados del siglo XVII. La pareja se había casado con miembros de una colonia de colonos holandeses. A principios del siglo XIX, un descendiente de los Cloete transmitió el gen responsable de este rasgo a la población mestiza de Namaqualand, las áridas tierras altas de la provincia Septentrional del Cabo, cerca de la frontera con Namibia.
El síndrome de Urbach-Wiethe es recesivo, lo que significa que las personas deben heredar copias del gen defectuoso de ambos padres para desarrollar la enfermedad. Se ha asociado con al menos tres docenas de mutaciones diferentes, todas ellas en un gen que contiene las instrucciones para una proteína llamada ECM1, que es fundamental para el tejido conectivo de la piel. Las personas con la mutación suelen presentar piel inflamada y de aspecto papiráceo, así como lesiones en las cuerdas vocales. Pueden presentar diferentes patrones de calcificación en regiones del cerebro, principalmente en la amígdala, y en casos graves pueden sufrir epilepsia, paranoia u otros síntomas psiquiátricos.
Thornton y sus colegas encontraron a 34 personas con el síndrome de Urbach-Wiethe, la mayoría de ellas dispersas por los desiertos rocosos de Namaqualand. El número de casos había disminuido desde los tiempos de la colonia holandesa — “una pequeña comunidad que sufría de endogamia”, dice van Honk—. Sin matrimonios entre parientes cercanos que la mantuvieran, la condición se estaba extinguiendo. Pero con solo unos 100 casos conocidos en todo el mundo, Namaqualand seguía teniendo la mayor concentración del mundo.
Las implicaciones eran extraordinarias: una oportunidad única para estudiar cómo el daño selectivo en la amígdala moldea el comportamiento. En 2005, la Universidad de Ciudad del Cabo organizó otro viaje de investigación a Namaqualand. Van Honk se unió al equipo y, más tarde, reclutó al neurocientífico social de Utrecht David Terburg, entonces estudiante. “Emprendimos esta investigación con la idea básica de que la amígdala es el centro del miedo, y que encontraríamos personas sin miedo, como S.M.”, dice Terburg. “Pero obtuvimos resultados totalmente opuestos”. Aunque las personas con la enfermedad de Urbach-Wiethe en la provincia Septentrional del Cabo parecían tranquilas y afables, las pruebas de comportamiento mostraron respuestas de miedo intensificadas y altos índices de ansiedad.
¿Cómo podía ser eso, se preguntaban los científicos, si la región del cerebro que se cree que controla el miedo se había visto afectada? Al principio, los hallazgos parecían socavar el emblemático caso de S.M. y fueron recibidos con frialdad por los colegas. “Tardamos cinco años en publicar esos hallazgos iniciales”, dice Terburg. Una pista sobre la aparente contradicción era que las personas de Namaqualand tenían una mutación Cloete única que no se observaba en otros continentes. Otra pista llegó en 2007, después de que una potente máquina de resonancia magnética de 3 teslas llegara a la Universidad de Stellenbosch, cerca de Ciudad del Cabo. “Fuimos los primeros en utilizarla”, afirma van Honk. Fue entonces cuando el equipo descubrió que el daño se concentraba en la amígdala basolateral. “Nunca se había visto nada parecido”, afirma van Honk —en personas, claro está—. Los investigadores habían inducido lesiones selectivas en esta y otras partes de la amígdala en ratas.

Resonancia magnética de una persona con enfermedad de Urbach-Wiethe. Las flechas indican calcificación bilateral en la amígdala basolateral, una región del cerebro implicada en el aprendizaje del miedo y la toma de decisiones sociales.
CRÉDITO: DAVID TERBURG
Las ratas son animales sociales, y los estudios sobre estos animales con lesiones revelaron que la amígdala basolateral les ayuda a sopesar resultados y consecuencias; la amígdala central-medial, por su parte, está más estrechamente relacionada con reacciones rápidas y defensivas, como quedarse paralizados o huir del peligro. Van Honk se dio cuenta de que los sudafricanos con la enfermedad de Urbach-Wiethe eran una especie de piedra de Rosetta para comprobar si lo que se aplicaba a las ratas se aplicaba también a los humanos. Quizás, pensó, los diferentes circuitos de la amígdala también podrían empujar el comportamiento humano en direcciones opuestas.
Interés personal
El cerebro había fascinado a Van Honk desde hacía mucho tiempo, en parte debido a su propia historia. De joven, tras la muerte de su hermano mayor en un accidente de moto, sufrió una crisis de salud mental. Esa experiencia marcó la forma en que se relacionaba con los pacientes de Urbach-Wiethe que conoció más tarde —personas cuyas voces roncas y cambios cutáneos visibles a menudo los diferenciaban en sus comunidades— y reforzó su determinación de desentrañar un misterio neurológico aún sin resolver.
En 2008, tras estudiar el síndrome de Urbach-Wiethe a distancia, van Honk consiguió una cátedra como profesor visitante en el departamento de psiquiatría y salud mental de la Universidad de Ciudad del Cabo y se trasladó desde los Países Bajos con su esposa y sus hijos pequeños. Redujo la población de estudio de personas con Urbach-Wiethe, excluyendo a individuos con afecciones como el alcoholismo, para que el equipo pudiera estar seguro de que los efectos que observaban se debían realmente a la mutación. Eso redujo su grupo de sujetos a un puñado de mujeres, entre ellas María.
Luego, para profundizar en su comportamiento y cognición, van Honk y sus colegas recurrieron a herramientas tomadas de la economía y la filosofía moral: juegos sencillos y experimentos mentales diseñados para revelar cómo las personas sopesan el riesgo, la recompensa y la responsabilidad. La teoría económica clásica asume que los seres humanos calculan astutamente los costos y los beneficios. Décadas de investigación conductual sugieren lo contrario: las decisiones suelen guiarse por corazonadas, impulsos e instintos sociales que desafían el interés propio estrecho.
En un experimento muy utilizado conocido como el “juego de la confianza”, se entrega a los participantes una suma de dinero y se les pregunta cuánto invertirían con un desconocido, sin garantía alguna de obtener un rendimiento de esa inversión. La mayoría de la gente se cubre las espaldas. Las mujeres de Urbach-Wiethe no lo hicieron. Una y otra vez, invirtieron generosamente con socios desconocidos. En lo que respecta a sus finanzas, sus elecciones fueron temerarias. Para van Honk y sus colegas, ese comportamiento sugería una capacidad reducida para sopesar con flexibilidad la incertidumbre, el interés propio y las intenciones de los demás —el tipo de calibración que, según ellos, una amígdala basolateral intacta normalmente ayuda a proporcionar—.
En los dilemas morales surgió un patrón diferente. Un experimento mental clásico es el “problema del tranvía”, en el que un tranvía fuera de control podría matar a cinco personas, pero intervenir significaría matar activamente a una sola. Cuando se les preguntó qué harían en variaciones de este tema, las mujeres con la enfermedad de Urbach-Wiethe se negaron sistemáticamente a respaldar el sacrificio de una vida, incluso cuando el número de personas que morirían —si no intervenían— se volvía extremo. “Está muy bien resistirse a sacrificar a una persona, pero si murieran tantas personas, resulta un poco extraño”, dice van Honk. “Algo en el razonamiento no funciona”. Las mujeres entendían las consecuencias, pero no se atrevían a intervenir. Algunas de ellas explicaron a los investigadores que causar daño, incluso por un bien mayor, “duele demasiado”.
Intrigado, el psicólogo Tobias Kalenscher, de la Universidad de Düsseldorf, Alemania, se tomó un año sabático en 2023 para trabajar con van Honk en Sudáfrica. El equipo de Kalenscher había observado anteriormente cambios de comportamiento sorprendentes en ratas con lesiones en la amígdala basolateral. Normalmente, cuando a una rata se le presentan dos opciones —obtener una recompensa solo para sí misma, o exactamente la misma recompensa para sí misma y para otra rata—, a menudo prefiere la recompensa mutua. A las ratas con lesiones cerebrales no les importaban en absoluto las otras ratas, lo que sugiere que la amígdala basolateral ayuda a evaluar el valor social de una elección.
El comportamiento social en las ratas es solo un indicador aproximado para los humanos. “La generosidad es un tema genuinamente humano que hay que estudiar en humanos”, afirma Kalenscher. Él y van Honk pidieron a las mujeres Urbach-Wiethe de la provincia Septentrional del Cabo que pensaran en personas reales de sus vidas: las más cercanas y las cada vez más distantes, hasta llegar a un desconocido anónimo. Para cada persona, las mujeres debían decidir cuánto dinero estaban dispuestas a compartir. Se plantearon las mismas preguntas a un grupo de control de mujeres sin la enfermedad. La generosidad disminuyó con la distancia en todas las participantes, pero entre las mujeres de Urbach-Wiethe el descenso fue mucho más pronunciado, según informó el equipo en 2025 en PNAS.
En pruebas y cuestionarios diseñados para arrojar luz sobre las elecciones morales, María y otras personas con el síndrome de Urbach-Wiethe fallan de forma desconcertante.
El dúo sospechaba que el comportamiento de las mujeres reflejaba una dificultad para equilibrar el interés propio con la preocupación por los demás, más que una tendencia fija hacia la generosidad o el egoísmo. Así pues, a partir de noviembre de 2025, llevaron a cabo una variante del experimento que eliminaba la necesidad de dividir los recursos. Pidieron a María y a otras participantes que apretaran un dispositivo portátil llamado dinamómetro. Apretar con más fuerza generaría más dinero para personas a diversas distancias sociales. En este tipo de pruebas, las personas sin lesiones en la amígdala se comportan de manera consistente: “Aprietan mucho más fuerte por las personas a las que quieren o con las que se sienten cercanas que por los desconocidos”, afirma Kalenscher. Las mujeres con el síndrome de Urbach-Wiethe, por el contrario, apretaban con la misma fuerza tanto por los desconocidos como por sus seres queridos —lo que sugiere que no ajustaban su comportamiento a la distancia social—.
En las respuestas a la amenaza, el juicio moral y la toma de decisiones sociales, surge un patrón llamativo. Las mujeres con síndrome de Urbach-Wiethe ven mermada su capacidad para ajustar sus decisiones a medida que cambian las circunstancias. Esto sugiere que la amígdala basolateral nos permite imaginar los resultados de los demás y sopesarlos frente a los nuestros a la hora de tomar decisiones. “Esto es lo que hacemos, y creo que es lo que las pacientes con síndrome de Urbach-Wiethe no pueden hacer”, afirma Kalenscher.
En otras palabras, mientras que las teorías anteriores concebían la amígdala principalmente como un detector de peligro —un interruptor que activa o desactiva el miedo—, las nuevas pruebas apuntan a un papel más amplio de esta región cerebral en la calibración del comportamiento. Van Honk y sus colegas proponen que la amígdala basolateral integra las señales emocionales con las posibles consecuencias, lo que nos permite sopesar nuestra propia ganancia frente al daño o beneficio potencial para los demás. Las mujeres con la enfermedad de Urbach-Wiethe muestran lo que ocurre cuando ese sistema de calibración se ve alterado: tienen menos capacidad para conciliar consideraciones contrapuestas a la hora de tomar decisiones. “Parece que no pueden sopesar su propio beneficio frente al beneficio de los demás”, afirma Kalenscher.
Una posible explicación de esa alteración radica en cómo la amígdala basolateral interactúa con la corteza prefrontal ventromedial, una región implicada en la evaluación de la recompensa y la orientación de las decisiones. En un cerebro sano, ambas parecen trabajar juntas, integrando el interés propio con la preocupación por los demás en una única señal que guía el comportamiento. Cuando la amígdala basolateral está dañada, esa comunicación puede romperse, dejando que las decisiones sean impulsadas por circuitos más simples e intactos. La idea sigue siendo especulativa, afirma Kalenscher, pero encaja con lo que se sabe sobre cómo interactúan estas regiones.

Los científicos sospechan que la comunicación entre la amígdala basolateral y la corteza prefrontal ventromedial ayuda a las personas a equilibrar el interés propio con la preocupación por los demás a la hora de tomar decisiones sociales.
Trasladar el comportamiento de las mujeres en los experimentos a la vida cotidiana es un reto. Pero Kalenscher afirma que ve pistas en María. En la visita que le hizo en enero, ella estaba cuidando de dos niños huérfanos, aparentemente sin parentesco con ella. A partir de su breve visión de la vida cotidiana de María, Kalenscher cree que su déficit computacional puede traducirse en una especie de altruismo extremo: una disposición a ayudar a los demás sin el filtrado habitual del contexto. Esto la convierte en alguien en quien la gente puede confiar, dice, pero también en alguien de quien potencialmente se podría sacar provecho. Haciéndose eco del heroísmo de María, hay una observación sobre S.M. publicada en 2018: S.M. contó a los investigadores cómo una vez le había dado su único abrigo y su bufanda a un hombre sin hogar que había conocido bajo un ramal de la autopista en pleno invierno.
Un enigma perdurable
Parece que cada visita a la provincia Septentrional del Cabo saca a la luz otra rareza oculta de la enfermedad de Urbach-Wiethe. Sentado a la mesa de la cocina de María en Lambert’s Bay, van Honk charla con su sujeto de investigación como si fuera una vieja amiga —y, de hecho, se conocen desde hace más de 15 años—. A medida que la visita llega a su fin, le pregunta por su sentido del olfato. “Sí, es muy bueno”, responde ella sin dudar. Habla con naturalidad sobre la cocina, sobre cómo saber cuándo se ha estropeado la comida. Nada en su respuesta sugiere que tenga alguna alteración.
Más tarde, van Honk me muestra los resultados inéditos de una prueba de olfato que él y sus colegas realizaron recientemente con María y otras personas con la enfermedad de Urbach-Wiethe. Aunque su sensibilidad básica al olor está intacta —pueden detectar los olores perfectamente—, a las mujeres les cuesta identificar de qué se tratan esos olores, un patrón que apunta a lo que los investigadores denominan amnesia olfativa. “Reconocen el olor del pescado y del café. Pero otros olores no los pueden diferenciar realmente”, dice van Honk. Lo más llamativo es que las mujeres no son conscientes de este déficit, un fenómeno conocido como anosognosia olfativa.
En los roedores, la amígdala basolateral desempeña un papel clave no en la detección de olores, sino en el aprendizaje de su significado —vinculando un olor a un recuerdo o una consecuencia—. Cuando esa región se daña, los animales siguen percibiendo los olores, pero no logran aprender que un aroma concreto predice peligro o recompensa. Los datos de Urbach-Wiethe sugieren algo similar, afirman los científicos. El olfato, uno de los sistemas sensoriales más antiguos, parece basarse en los mismos circuitos que ayudan a los seres humanos a aprender de la experiencia y a revisar sus modelos internos del mundo.
A pesar de los obstáculos a los que se enfrentan debido a una pérdida constante e irrevocable de su amígdala basolateral, las mujeres con síndrome de Urbach-Wiethe de la provincia Septentrional del Cabo se las arreglan y se adaptan, con una resiliencia que impresiona a van Honk. Y a medida que viven sus vidas, ofrecen a la ciencia una visión de cómo pequeños cambios en el cerebro pueden remodelar cómo tememos, en quién confiamos y hasta dónde se extiende nuestra preocupación por los demás.
Artículo traducido por Debbie Ponchner
10.1146/knowable-060426-1
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