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CRÉDITO: ISTOCK.COM / DESIGN CELLS

La relación entre el olfato y la salud cerebral es compleja. Los científicos están descubriendo que, en ocasiones, la pérdida del olfato puede ser un signo precoz de enfermedad, mientras que, en otras circunstancias, dicha pérdida puede contribuir directamente a la aparición de trastornos.

Cuando se pierde la capacidad de oler

Investigadores están descubriendo que las alteraciones en este sentido fundamental suelen estar relacionadas con problemas de salud cerebral.


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Hace unos 14 años, Chrissi Kelly perdió el sentido del olfato. Había viajado a la República Checa para visitar a su familia y contrajo algún virus. Meses más tarde, al seguir sin poder oler, acudió a varios médicos, entre ellos su médico de cabecera y un otorrinolaringólogo, en busca de respuestas.

Le diagnosticaron anosmia (pérdida del olfato) y, al igual que a muchos pacientes con su afección, le dijeron que tendría que aprender a vivir con ello. Pero para ella, la pérdida fue catastrófica. “Tras unos seis meses de pérdida total, me sentía como si me estuviera volviendo loca y ya no me sentía yo misma”, afirma.

Los investigadores estiman que hasta un 22 % de la población padece trastornos del olfato, como la hiposmia (pérdida parcial del olfato) o la anosmia (pérdida total del olfato). Y muchas otras personas padecen trastornos del olfato como la fantosmia, en la que se perciben olores fantasmas, o la parosmia, en la que aromas normalmente agradables, como el del café o el champú, empiezan a percibirse como muy desagradables (por ejemplo, a heces o vómito). Sin embargo, estas afecciones se han comprendido mal, se han diagnosticado de forma insuficiente y, a menudo, los médicos las han minimizado.

Fotos de champú, café, árboles y troncos.

Un mundo sin olores o con olores distorsionados puede resultar profundamente extraño. Cuando nuestro sentido del olfato falla, los aromas que normalmente son agradables, como el del champú o el café, pueden percibirse como repugnantes, o bien los olores fuertes e inconfundibles, como el de los pinos en un bosque o el de la madera recién cortada, pueden no percibirse en absoluto.

CRÉDITOS EN SENTIDO DEL RELOJ DESDE LA ESQUINA SUPERIOR IZQUIERDA: JUSTIN KAUFFMAN/UNSPLASH, LAZY_BEAR/ISTOCK, CHARLOTTE HARRISON/UNSPLASH, CLAY BANKS/UNSPLASH

La pandemia cambió esta situación. La Covid-19 atrajo una atención sin precedentes —y un gran interés por la investigación— hacia el sentido del olfato. Según la Organización Mundial de la Salud, desde diciembre de 2019 se han registrado 780 millones de casos de Covid-19 (y muchos más no notificados), y la pérdida del olfato es un síntoma bien conocido. En una encuesta de 2023 publicada en la revista Laryngoscope, el 60 % de las personas con Covid-19 experimentaron pérdida del olfato, la mayoría de forma temporal, pero algunas a más largo plazo.

Al provocar la Covid un mal funcionamiento de millones de narices en todo el mundo casi al mismo tiempo, el virus ha impulsado una nueva apreciación de este sentido fundamental, así como la investigación al respecto. A medida que los científicos aprenden más sobre el funcionamiento del sentido del olfato, se acumulan las pruebas de que el olfato está profundamente vinculado no solo a la calidad de vida, sino también a la salud cerebral.

El sentido infravalorado

En el siglo XIX, el investigador francés del cerebro Paul Broca defendió que los seres humanos habían cambiado un agudo sentido del olfato por un intelecto superior, calificando el olfato de “sentido bestial”. Sus ideas dieron lugar a décadas de descuido científico. Las investigaciones modernas han demostrado que estaba equivocado. El olfato enriquece la vida y guía nuestro comportamiento. Ayuda a crear vínculos entre padres e hijos, nos advierte de los peligros del entorno y afianza la memoria emocional. “En realidad, los seres humanos tenemos un olfato bastante bueno”, afirma el psicólogo sueco Jonas Olofsson, autor de The Forgotten Sense: The New Science of Smell and the Extraordinary Power of the Nose (El sentido olvidado: la nueva ciencia del olfato y el extraordinario poder de la nariz).

Olemos al detectar moléculas en el aire que se unen a receptores especializados en la cavidad nasal. Millones de neuronas olfativas situadas en la parte superior de la nariz detectan estas sustancias odorantes y, a continuación, envían impulsos eléctricos a través de los bulbos olfativos, que crean un mapa sensorial en el cerebro —básicamente, un sistema para identificar, distinguir y recordar aromas—. A diferencia de la vista o el oído, el olfato envía señales directamente a las áreas del cerebro responsables de las emociones (la amígdala) y la memoria (el hipocampo), lo que podría explicar por qué los olores pueden desencadenar recuerdos con tanta intensidad.

Además, hoy en día se sabe que los bulbos olfativos se encuentran entre las pocas regiones cerebrales que generan nuevas neuronas durante la edad adulta. Se cree que esto ayuda al cerebro a adaptarse a entornos en constante cambio. Los bulbos olfativos son también la parte más vulnerable del cerebro —y una potencial vía de entrada para virus, bacterias, toxinas y quizás incluso microplásticos—.

Un gráfico muestra cómo las señales olfativas viajan hacia el cerebro y se propagan por él.

En una descripción básica de nuestro sentido del olfato, las moléculas de olor presentes en el aire entran por la nariz, donde se unen a las células receptoras olfativas (de las que tenemos muchos tipos que reconocen diferentes olores). Estos receptores, cuando se activan, envían señales eléctricas a los bulbos olfativos del cerebro. Desde allí, la información sobre los olores se envía a diversas regiones del cerebro para que se perciban como olores específicos y para evocar recuerdos y comportamientos en respuesta a ellos.

Tras perder el sentido del olfato, Kelly buscó comprensión y consuelo. Al no encontrar ninguno de los dos, fundó dos asociaciones de pacientes sin ánimo de lucro. En el camino, también se convirtió en científica comunitaria, coautora de más de 30 artículos académicos junto con investigadores.

Kelly describe nuestros bulbos olfativos como “dos pequeñas lombrices de tierra acostadas en sus criptas”, situadas en la superficie inferior de los lóbulos frontales del cerebro, justo encima de la cavidad nasal. “Estas criptas tienen pequeños orificios en la parte inferior, a través de los cuales crecen los nervios olfativos, como raíces que salen por el fondo de una maceta en el jardín”, explica. Las prolongaciones en forma de pelo de los nervios olfativos se adentran en el interior de la membrana mucosa de la nariz. Las células de apoyo olfativas rodean y nutren cada célula nerviosa.

Causas de la pérdida del olfato

Algunas personas pierden el sentido del olfato sin motivo aparente. Otras lo pierden después de que un virus ataque a las células de apoyo olfativas. Cuando estas células se regeneran (entre cuatro y seis semanas después, en promedio), el olfato vuelve. La pérdida del olfato también puede deberse a un traumatismo craneal que dañe los nervios olfativos o provoque inflamación. Las alergias y las infecciones de los senos paranasales pueden causar hinchazón e inflamación que conduzcan a la pérdida del olfato. A veces, el problema desaparece cuando remite la inflamación. Las personas menos afortunadas, como Kelly, sufren agresiones en sus nervios olfativos que causan daños duraderos.

Y, en ocasiones, la pérdida del olfato puede ser un presagio de problemas más graves. Dave, un amante del vino que vive en el Medio Oeste de Estados Unidos y que pidió que no se revelara su apellido por motivos de privacidad, afirma que perder el olfato hace veinte años fue un inconveniente, pero que se las arregló. “Fingía”, cuenta, al referirse a las rutas enológicas que realizaba con su esposa por los valles de Napa y Sonoma, y a un crucero que comenzó con unos días repletos de vino en Niza, Francia. Tras años en los que los médicos le decían que no encontraban nada malo en él, empezó a notar que su marcha se ralentizaba y sufría temblores, y le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson.

Hay muchas incógnitas sobre las primeras etapas —o prodrómicas— del párkinson, afirma Ethan G. Brown, neurólogo de la Clínica de Trastornos del Movimiento de la Universidad de California en San Francisco. “No sabemos cuándo comienza realmente la neurodegeneración”, afirma.

Una característica definitoria de la enfermedad es una pérdida importante de células productoras de dopamina en una región del cerebro llamada sustancia negra, y las nuevas técnicas de imagen sugieren que el daño comienza años antes de que aparezcan síntomas claros. Los científicos sospechan que las proteínas tóxicas que dañan la sustancia negra pueden acumularse primero en los bulbos olfativos y provocar la pérdida del olfato como uno de los primeros signos del párkinson.

La pérdida del olfato también puede ser un signo temprano de otras enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer y la demencia con cuerpos de Lewy, afirma Zara M. Patel, directora de la Iniciativa de Stanford para Curar la Pérdida del Olfato y el Gusto. Y también se da en otras afecciones. “Así, por ejemplo, las personas con depresión presentan alteraciones en la capacidad olfativa, las personas con esquizofrenia presentan alteraciones en la capacidad olfativa y las personas con autismo presentan alteraciones en la capacidad olfativa”, afirma. Los cambios en todo tipo de procesos del sistema nervioso central pueden manifestarse como una especie de disfunción olfativa, explica Patel.

De hecho, investigadores han asociado los trastornos del olfato con la asombrosa cifra de 139 afecciones neurológicas, físicas y congénitas o hereditarias, desde el alcoholismo hasta el síndrome del Zika o de Guillain-Barré. La naturaleza de estas asociaciones aún no está clara. La pérdida del olfato podría ser un indicador temprano de una afección que afecta a los bulbos olfativos, así como a otras partes del cerebro, como parece ser el caso del párkinson. También es posible que la pérdida del olfato contribuya a algunos trastornos. Los investigadores sospechan que el sistema olfativo ayuda a regular las funciones cerebrales superiores relacionadas con la cognición, la memoria y las emociones —que intervienen en muchos trastornos psiquiátricos— y que la pérdida del olfato podría agravar dichas afecciones.

Los científicos también están investigando si la inflamación del sistema olfativo puede contribuir a los cambios cerebrales en la esquizofrenia. En cualquier caso, la falta de olfato expone a las personas al riesgo de pasar por alto señales de alerta del entorno, como el humo o la comida en mal estado, lo que ha llevado a algunos investigadores a calificar la pérdida del olfato como un problema de salud pública.

Descifrando el código

Los científicos estiman que los seres humanos pueden percibir millones —quizá incluso un billón— de olores distintos. “Estamos rodeados de moléculas que flotan a nuestro alrededor”, afirma Dmitry Rinberg, neurocientífico de la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York. “Pero aún no hemos descifrado el código de cómo el cerebro las convierte en percepción”.

A principios de los años noventa, Linda Buck y Richard Axel descubrieron una amplia familia de unos 1.000 genes diferentes en los mamíferos (que constituyen un porcentaje significativo del genoma) que producen un número equivalente de receptores olfativos especializados. Este trabajo fue galardonado con el Premio Nobel en 2004 y marcó el inicio de la era moderna de la investigación sobre el olfato.

Ahora sabemos que el olfato inicialmente elude el tálamo, la estación central de retransmisión del cerebro. Mientras que todos los demás sentidos se filtran a través del tálamo antes de llegar a la corteza, las señales olfativas viajan directamente al sistema límbico (la amígdala y el hipocampo). El cerebro interpreta un código único —o mosaico de receptores activados— para identificar olores específicos. Las investigaciones en curso están trazando un mapa de cómo las señales de estos receptores nasales se organizan sistemáticamente y se envían a lugares específicos del cerebro para evocar olores, recuerdos y comportamientos.

Otro dato interesante: a la hora de procesar la información olfativa, “lo que llega a través de las dos fosas nasales no se convierte simplemente en una gran masa de actividad en el cerebro”, afirma Naz Dikecligil, investigadora posdoctoral de la Universidad de Pensilvania y coautora de un exhaustivo artículo sobre el sistema olfativo humano publicado en el Annual Review of Psychology de 2024. “Se mantienen como canales de información independientes”. Esto significa que el cerebro puede rastrear qué fosa nasal ha detectado un olor, lo que ayuda a determinar de dónde procede ese olor en el espacio.

¿Se puede recuperar el sentido del olfato?

Para los pacientes con pérdida del olfato, la pregunta más acuciante es si el olfato puede recuperarse.

Kelly oyó hablar por primera vez del entrenamiento olfativo cuando un médico lo mencionó de pasada. El método funciona de forma similar a la fisioterapia, pero para el olfato. La persona practica oler un conjunto de aromas familiares —tradicionalmente limón, rosa, clavo de olor y eucalipto— dos veces al día, centrándose en reconocer los aromas etiquetados y recordar su olor. El objetivo es utilizar la repetición y el entrenamiento para generar nuevas células receptoras y aprovechar la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para reconfigurar las neuronas para nuevas tareas.

Imagen microscópica de las neuronas del bulbo olfativo.

Esta imagen microscópica muestra las neuronas del bulbo olfativo de un ratón, donde se reciben las señales olfativas procedentes de la nariz y se transmiten a otras partes del cerebro.

CRÉDITO: JASON SNYDER / FLICKR

Según Patel, que dirigió el primer ensayo aleatorizado y controlado sobre el entrenamiento olfativo en Estados Unidos, en todas las causas de pérdida del olfato que ha estudiado su equipo, alrededor del 30 % de los pacientes mejoran tras meses de entrenamiento. En ese estudio, 35 pacientes con pérdida del olfato —medida según el parámetro estándar del campo, denominado “Prueba del olfato de la Universidad de Pensilvania”— fueron asignados aleatoriamente a un grupo de entrenamiento olfativo o a un grupo de control durante seis meses.

Solo se incluyeron pacientes con pérdida del olfato desde hacía más de un año y cuya pérdida estuviera asociada a causas postinfecciosas o desconocidas. Se comparó su puntuación inicial con la obtenida a los seis meses, y se consideró significativa una mejora del 10 % o superior; de los 19 pacientes del grupo experimental, seis mostraron una mejora significativa, mientras que solo dos de los 16 pacientes del grupo de control mejoraron. En otros estudios, Patel y sus colegas han descubierto que hasta el 50 % de los pacientes observan cambios si combinan su entrenamiento con un enjuague nasal con esteroides.

Un metaanálisis de 2024 sobre 36 estudios de entrenamiento olfativo señaló “un impacto positivo notable y estadísticamente significativo del entrenamiento olfativo en la mejora de todos los ámbitos de la función olfativa”. Los estudios individuales incluidos en el metaanálisis observaron mejoras que oscilaban entre el 11 % y el 68 % tras un periodo de entre 12 y 16 semanas, mientras que un artículo reveló que un mayor número de personas se beneficiaba de un entrenamiento más prolongado (58 % frente a 71 %).

Patel reconoce que el entrenamiento olfativo no es una apuesta segura, pero parece ser eficaz para algunas personas, además de ser sencillo y económico. Ha elaborado unas instrucciones fáciles de seguir para que las personas lo practiquen por su cuenta. También hay indicios preliminares de que el entrenamiento olfativo podría mejorar la depresión y el funcionamiento cognitivo. Investigadores del Reino Unido analizaron recientemente 23 estudios de personas de 55 años o más que participaron en un entrenamiento olfativo para la pérdida del olfato, y concluyeron que este se asociaba con “cambios cuantificables en la función olfativa, una mejora de la función cognitiva —concretamente, la fluidez verbal semántica y la memoria de trabajo—, una reducción de los síntomas depresivos y una protección frente al deterioro cognitivo”. No obstante, señalan que se necesitan más estudios para extraer conclusiones más sólidas.

Kelly atribuye a la terapia olfativa el haberle devuelto cierta capacidad para oler. Al cabo de unos dos años de su recuperación, se encontraba en los Alpes austriacos cuando algo cambió. Percibió el aroma de los pinos y el aserrín procedente de una zona de tala cercana. “Sentí un cosquilleo en el estómago, como si mis entrañas se aceleraran”, cuenta. “Fue como decir: ‘Estoy viva’”.

Cada nuevo descubrimiento sobre el olfato acerca a los científicos a comprender cómo se conecta el olfato con el cerebro —y cómo este sentido crucial podría ayudar a detectar o incluso prevenir enfermedades—. Kelly se considera una de las afortunadas. Su sentido del olfato no ha vuelto por completo, pero está ahí. Y para pacientes como ella, recuperar el olfato no se limita a detectar olores. Se trata de volver al mundo.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

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