CSI animal: la medicina forense llega al comercio de animales salvajes
DE NUESTRO ARCHIVO: Los científicos utilizan lo último en huellas de ADN para combatir el multimillonario negocio del tráfico de plantas y animales.
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Esta nota es del archivo de Knowable Magazine. Se publicó originalmente en septiembre de 2023.
La muerte de Campbell fue tan espantosa como los nueve crímenes anteriores conocidos de los asesinos. Encontrado mutilado en un charco de sangre en su casa del distrito de Albany, Sudáfrica, en junio de 2016, Campbell había sido drogado, pero probablemente sintió dolor antes de morir a causa de sus heridas.
Campbell era un rinoceronte blanco que vivía en una reserva privada, y su asesinato sería el último hurra de la ahora tristemente célebre banda de Ndlovu. Los tres cazadores furtivos fueron detenidos días después en el Makana Resort de Grahamstown, Sudáfrica, sorprendidos in fraganti con una sierra de arco, una pistola de dardos tranquilizantes y un cuerno de rinoceronte recién extraído. Diversas pruebas, como registros de teléfonos móviles y análisis balísticos de la pistola de dardos, los vincularían al crimen. Pero un elemento clave era el ADN de Campbell, hallado en el cuerno y en la sierra aún ensangrentada.
Entre las técnicas científicas utilizadas para combatir la caza furtiva y el tráfico de animales salvajes, el ADN es el rey, afirma Cindy Harper, genetista veterinaria de la Universidad de Pretoria. Su aplicación en investigaciones sobre animales es a pequeña escala, pero creciente en un campo con un enorme volumen de delitos: el valor del comercio ilegal de animales salvajes asciende a 20.000 millones de dólares al año, según estimaciones de Interpol.
“No se trata solo de unas pocas personas que intercambian animales”, afirma Greta Frankham, forense especializada en fauna salvaje del Centro Australiano de Genómica de la Fauna Silvestre de Sídney. “Tiene vínculos con el crimen organizado; supone un enorme volumen de negocio en el mercado negro”.
El problema es mundial. En Estados Unidos, el delito puede ser la caza ilegal de ciervos u osos negros, la importación de partes de animales protegidos para uso alimentario o medicinal, la recolección de cactus protegidos o el tráfico de baratijas de marfil. En África o Asia, puede ser la caza furtiva de pangolines, el mamífero más traficado del mundo tanto por su carne como por sus escamas, que se utilizan en medicinas tradicionales y prácticas mágicas. En Australia, puede tratarse de la recolección o exportación de animales salvajes únicos del continente para el comercio de mascotas.

El comercio ilegal de vida silvestre puede incluir animales o plantas vivos, o partes de ellos, como raíces, tallos, piel, huesos o cuernos. En el caso de los tigres y los rinocerontes, el comercio de productos que supuestamente contienen partes de esos animales, aunque no sea así, también es ilegal.
CRÉDITO: RYAN MOEHRING / USFWS
Las técnicas utilizadas en la investigación forense de la fauna salvaje son a menudo descendientes directas de las herramientas utilizadas en la investigación de delitos humanos, y en los últimos años los científicos las han adaptado para su uso en animales. Harper y sus colegas, por ejemplo, aprendieron a extraer ADN de cuernos de rinoceronte, una tarea que antes se consideraba imposible. Y mediante la creación de bases de datos de ADN —parecidas a la base de datos CODIS del FBI utilizada para delitos humanos— los genetistas forenses pueden identificar una especie y mucho más: pueden determinar el origen geográfico de un espécimen, su grupo familiar o incluso, en algunos casos, relacionar un animal o una parte de un animal con la escena de un crimen.
La adaptación de esta ciencia a los animales ha contribuido a importantes redadas, como la detención en 2021 de una red internacional de caza furtiva y tráfico de animales salvajes. Además, los científicos están perfeccionando sus técnicas con la esperanza de poder identificar muestras de pruebas más difíciles, como pieles curtidas o degradadas.
“Las investigaciones sobre el tráfico de animales salvajes son difíciles”, afirma Robert Hammer, agente especial de Homeland Security Investigations (Investigaciones de Seguridad Nacional) en Seattle, la rama del Departamento de Seguridad Nacional encargada de investigar diversos delitos, incluidos los relacionados con el contrabando, las drogas y las actividades de bandas. Él y sus colegas, dice, se basan en el ADN y otras pruebas forenses “para contar las historias de los animales que han sido capturados”.
En primer lugar, identifique
La investigación forense de la fauna salvaje suele comenzar con el envío de una muestra a un laboratorio especializado por parte de investigadores como Hammer. Mientras que los investigadores de delitos contra las personas suelen querer saber “¿Quién es?”, a los especialistas en fauna salvaje se les suele preguntar “¿Qué es esto?”, es decir, “¿De qué especie?”. Esa pregunta puede aplicarse a cualquier cosa, desde aletas de tiburón hasta madera o bilis de oso, una secreción del hígado utilizada en la medicina tradicional.
“Nos hacen preguntas sobre cualquier cosa, desde un animal vivo hasta una pieza o un producto”, explica Barry Baker, subdirector del Laboratorio Forense Nacional de Pesca y Vida Silvestre de EE.UU. en Ashland, Oregón. Los investigadores también pueden preguntar si un animal fotografiado en un aeropuerto es una especie protegida por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, o CITES, en cuyo caso la importación o exportación es ilegal sin permiso. Puede que quieran saber si la carne introducida en EE.UU. procede de una especie protegida, como un primate no humano. O pueden querer saber si una chuchería tallada es de marfil auténtico o falso, una diferencia que una iluminación especial puede revelar.
Aunque algunas identificaciones pueden hacerse visualmente, puede ser necesario realizar análisis de ADN u otros análisis químicos, sobre todo cuando solo se dispone de una parte de la criatura. Para identificar especies, los expertos recurren al ADN de las mitocondrias, las fábricas de energía celular que pueblan casi todas las células, normalmente en copias múltiples. Las secuencias de ADN que contienen son similares en todos los animales de la misma especie, pero diferentes entre especies. Leyendo esos genes y comparándolos con las secuencias de una base de datos como el Código de Barras de la Vida, los genetistas forenses pueden identificar una especie.

Una gran variedad de especies amenazadas y en peligro de extinción son objeto del comercio ilegal de vida silvestre, entre ellas elefantes, caimanes, rinocerontes blancos y pangolines.
CRÉDITOS: BRITASEIFERT, OFFICEK, GUNTER / ADOBE STOCK; VICKY_CHAUHAN / ISTOCK
Para ir más allá e intentar relacionar una muestra con un animal concreto, los genetistas forenses utilizan la misma técnica que se emplea en la investigación forense del ADN humano, en este caso basándose en la mayor parte del ADN contenido en el núcleo de la célula. Cada genoma contiene secuencias repetitivas llamadas microsatélites que varían en longitud de un individuo a otro. La medición de varios microsatélites crea una huella de ADN poco común, si no única. Además, algunas técnicas más avanzadas utilizan variaciones de una sola letra en las secuencias de ADN para obtener huellas dactilares.
Comparar el ADN de dos muestras permite a los científicos establecer una posible coincidencia, pero no es definitivo: se necesita una base de datos de huellas de ADN de otros miembros de la especie para calcular la improbabilidad —digamos, una entre un millón— de que las dos muestras procedan de individuos diferentes. Dependiendo de la diversidad genética de la especie y de su distribución geográfica, una base de datos válida podría tener tan solo 50 individuos o necesitar muchos más, afirma Ashley Spicer, científica forense especializada en fauna salvaje del Departamento de Pesca y Vida Salvaje de California, en Sacramento. No existen bases de datos de este tipo para todos los animales y, de hecho, obtener muestras de ADN de tan solo 50 animales podría ser un reto para especies raras o protegidas, señala Spicer.
Los investigadores utilizan estas técnicas de diversas maneras: un animal puede ser la víctima de un delito, el autor o un testigo. Y si, por ejemplo, se utilizan perros para cazar animales protegidos, los investigadores podrían encontrarse con pruebas animales relacionadas tanto con la víctima como con el sospechoso.
Para los testigos, consideremos el caso de un gato blanco llamado Snowball. Cuando una mujer desapareció en Richmond, en la isla canadiense del Príncipe Eduardo, en 1994, cerca de su casa se encontró una chaqueta de cuero manchada de sangre con 27 pelos de gato blanco en el forro. Su cuerpo fue hallado en una tumba poco profunda en 1995, y el principal sospechoso fue su distanciado marido de hecho, que vivía con sus padres y Snowball, su mascota.
El ADN de la raíz de uno de los pelos de la chaqueta coincidió con la sangre de Snowball. Aunque el felino nunca subió al estrado, sus pruebas fueron muy elocuentes y contribuyeron a la condena por asesinato en 1996.
Una base de datos para rinocerontes
El mismo tipo de vinculación específica de un animal concreto a una prueba física fue también un elemento clave en el caso del rinoceronte blanco Campbell. El cuerno de rinoceronte es muy preciado: se utiliza en la medicina tradicional china y en sus variantes modernas para tratar afecciones como resfriados, resacas o cáncer, y también se emplea en adornos como copas y abalorios. En el momento de la muerte de Campbell, su cuerno, de más de 10 kilos, valía probablemente más de 600.000 dólares —más que su peso en oro— en el mercado negro.
La investigación forense del ADN que ayudó a atrapar a la banda de Ndlovu comenzó con experimentos a principios de la década de 2000, cuando la caza furtiva de rinocerontes iba en aumento. Los científicos pensaban que los cuernos de rinoceronte no eran más que pelo densamente poblado, carente de células que incluyeran ADN, pero un estudio de 2006 demostró que también había células. Unos años más tarde, el grupo de Harper dio a conocer que, aunque estas células estaban muertas, contenían ADN viable, y los investigadores descubrieron cómo acceder a él perforando el núcleo del cuerno.
En 2010, un investigador criminalista del Parque Nacional Kruger de Sudáfrica visitó el laboratorio de Harper. Estaba tan entusiasmado con el potencial de su descubrimiento para combatir la caza furtiva que arrancó de la pared un póster que describía sus resultados, lo enrolló y se lo llevó. Poco después, Harper lanzó el Rhinoceros DNA Index System, o RhODIS. (El nombre es un juego de palabras con la base de datos CODIS del FBI, por Sistema Combinado de Índices de ADN).
En la actualidad, gracias a la legislación promulgada en 2012 por el Gobierno sudafricano, cualquier persona que manipule un rinoceronte o su cuerno —por ejemplo, al descornar animales para protegerlos— debe enviar una muestra al equipo de Harper. RhODIS contiene ahora unas 100.000 huellas de ADN, basadas en 23 microsatélites, de rinocerontes africanos tanto negros como blancos, vivos y muertos hace tiempo, incluidos la mayoría de los rinocerontes de Sudáfrica y Namibia, así como algunos de otras naciones.
RhODIS ha ayudado en numerosas investigaciones, afirma Rod Potter, consultor privado e investigador de delitos contra la fauna salvaje que lleva más de cuatro décadas trabajando con el Servicio de Policía de Sudáfrica. En un caso, recuerda, los investigadores encontraron a un sospechoso con un cuerno en su poder y utilizaron RhODIS para identificar al animal antes incluso de que el propietario supiera que el rinoceronte había muerto.
En el caso de Campbell, en 2019 los tres cazadores furtivos fueron condenados, ante los aplausos de los observadores presentes en la sala del tribunal, por cargos relacionados con 10 incidentes. Cada miembro de la banda fue condenado a 25 años de prisión.
Hoy en día, cuando la caza furtiva de rinocerontes ha repuntado tras una pausa inducida por la pandemia, la base de datos RhODIS sigue siendo importante. E incluso cuando RhODIS no puede vincular las pruebas a un animal concreto, afirma Potter, la genética suele bastar para indicar a los investigadores el origen geográfico aproximado de la criatura, porque los marcadores genéticos varían según la ubicación y la población. Y eso puede ayudar a descubrir rutas de comercio ilegal.
Los elefantes también se benefician
El ADN también puede tener un gran impacto en las investigaciones sobre la caza furtiva de elefantes. Investigadores de la Universidad de Washington en Seattle, por ejemplo, midieron microsatélites de ADN de elefantes africanos errantes, así como de marfil incautado, y luego construyeron una base de datos y un mapa geográfico de los lugares donde se dan los diferentes marcadores genéticos entre los elefantes. El mapa ayuda a determinar el origen geográfico de los colmillos furtivos y traficados incautados por los agentes del orden público.

Investigadores utilizaron ADN de elefantes de diferentes lugares (cruces naranjas) para crear una base de datos que mapea dónde es más probable que se den diferentes marcadores genéticos. Esta información les permite localizar con precisión las poblaciones de elefantes de donde procede el marfil incautado (círculos azules). Los análisis del marfil confiscado en Filipinas (izquierda) y en Singapur (derecha) indicaron que la caza furtiva se produjo principalmente en el este de la República Democrática del Congo y Zambia, respectivamente.
Los elefantes viajan en manadas matriarcales, y los marcadores de ADN también se encuentran en las familias, lo que permite a los investigadores determinar el parentesco de los distintos colmillos, ya sean de padres, hijos, hermanos o hermanastros. Cuando encuentran colmillos del mismo elefante o clan en distintos envíos con un puerto común, ello sugiere que los envíos procedían de la misma red delictiva —lo que constituye una información útil para los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley—.
Este tipo de información resultó muy útil durante una reciente investigación internacional, denominada Operación Kuluna, dirigida por Hammer y sus colegas de Homeland Security Investigations. Comenzó con una operación encubierta: investigadores estadounidenses encubiertos compraron marfil africano que se anunciaba en Internet. En 2020, el equipo gastó 14.500 dólares en 49 libras de marfil de elefante que fue troceado, pintado de negro, mezclado con ébano y enviado a Estados Unidos con la etiqueta de “madera”. Al año siguiente, los investigadores compraron unos dos kilos de cuerno de rinoceronte por 18.000 dólares. Los compradores encubiertos manifestaron entonces su interés por muchas más existencias, incluido más marfil, cuernos de rinoceronte y escamas de pangolín.
La promesa de una venta tan grande atrajo a dos vendedores de la República Democrática del Congo (RDC) a Estados Unidos, esperando cerrar el trato de 3,5 millones de dólares. En lugar de ello, fueron detenidos cerca de Seattle y finalmente condenados por sus delitos. Pero la pareja no trabajaba sola: las operaciones de este tipo son complejas, dice Hammer, “y detrás de las conspiraciones complejas hay dinero, organizadores”. Así que los investigadores aprovecharon los datos genéticos y de clanes de elefantes, que ayudaron a relacionar los colmillos con otras incautaciones. Fue como jugar a “Seis grados de Kevin Bacon”, dice Hammer.
Poco después de las detenciones estadounidenses, los homólogos de Hammer en África hicieron redadas en almacenes de la RDC para incautar más de 2.000 libras de marfil y 75 libras de escamas de pangolín, por valor de más de un millón de dólares.

Tras la detención de contrabandistas en el estado de Washington, las fuerzas del orden de la República Democrática del Congo registraron varios almacenes y recuperaron marfil de elefante, cuernos de rinoceronte y escamas de pangolín.
CRÉDITO: HOMELAND SECURITY INVESTIGATIONS PACIFIC NORTHWEST
A pesar de estos éxitos, la ciencia forense de la fauna salvaje sigue siendo un campo pequeño: la Society for Wildlife Forensic Science cuenta con menos de 200 miembros en más de 20 países. Y aunque los análisis de ADN son potentes, la capacidad de identificar especies o individuos depende de las bases de datos genéticos con las que los investigadores puedan comparar sus muestras. Además, muchas muestras contienen ADN degradado que no puede analizarse, al menos de momento.
Hoy en día, de hecho, una parte sustancial de los delitos relacionados con el comercio de especies silvestres puede quedar impune porque los investigadores no saben lo que están buscando. La situación deja a los científicos perplejos ante esa pregunta tan básica: “¿Qué es esto?”
Por ejemplo, los forenses pueden sentirse desconcertados ante partes de animales muy procesadas. La carne cocida suele ser rastreable, pero el cuero no. “Literalmente, nunca hemos sido capaces de obtener una secuencia de ADN de un producto curtido”, afirma Harper, que escribió sobre la investigación forense de la caza furtiva en el Annual Review of Animal Biosciences de 2023. Con el tiempo, eso puede cambiar: varios investigadores trabajan para mejorar la identificación de muestras degradadas. Podrían encontrar la forma de hacerlo basándose en las proteínas que contienen, dice Spicer, ya que estas son más resistentes que el ADN a la destrucción por el calor o la química.
El éxito, subraya Spicer, requerirá la cooperación de forenses especializados en fauna salvaje de todo el mundo. “En cualquier lugar donde alguien pueda obtener un beneficio o explotar a un animal, lo va a hacer; ocurre en todos los países”, afirma. “Y por eso es realmente esencial que todos trabajemos juntos”.
Artículo traducido por Debbie Ponchner
10.1146/knowable-111025-1
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