Las profundas raíces y el frágil futuro de la biodiversidad
Las especies están despareciendo hoy a un ritmo que es al menos entre 10 y 100 veces superior a la tasa de extinción observada a lo largo de millones de años. Una bióloga afirma que la respuesta está en la reciprocidad: dar al planeta y no solo tomar.
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A nuestro alrededor existen aproximadamente 8,7 millones de especies de plantas, animales y otros seres vivos que conforman la biodiversidad del planeta Tierra. Cerca de un millón de ellas enfrentan la extinción en las próximas décadas, alertaba un informe de 2019 de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), un organismo independiente que guía a los gobiernos, negocios y la sociedad en la conservación y el desarrollo sostenible. La tasa de extinción actual es al menos 10 a 100 veces más alta que la tasa promedio de los últimos 10 millones de años.
Sandra Díaz, bióloga y ecóloga del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina copresidió esta evaluación global de la biodiversidad. Ella señala que, aunque el concepto de biodiversidad es bien conocido hoy en día, fue tan solo en los años ochenta cuando algunos científicos empezaron a hablar de la biodiversidad como una forma de describir la variedad de especies que se identificaban en la Tierra. Con el paso del tiempo, ese enfoque se amplió e incluyó la diversidad genética, la variedad de los ecosistemas y las interacciones entre ellos, explica Díaz, coautora de una revisión de 2022 en el Annual Review of Environment and Resources, que explora la evolución del concepto de biodiversidad desde su origen hasta su uso actual en ciencias y políticas públicas.
El liderazgo y los estudios de Díaz sobre cómo las plantas responden al ambiente e influyen en los ecosistemas y en las vidas de las personas, han sido clave para poner al problema de la crisis de la biodiversidad en la agenda mundial. Además de copresidir el informe sobre el estado de la biodiversidad de IPBES, ella es la única latinoamericana que integra el Consejo Asesor Científico de Naciones Unidas (desde 2023) y fue distinguida por la revista Time entre las 100 personas más influyentes del mundo en 2025.
Díaz formuló el concepto de biodiversidad funcional —que es la variedad de funciones y roles que cumplen las especies dentro de un ecosistema, como polinizar, reciclar nutrientes o regular el clima—. Y ha impulsado la idea de reciprocidad: que los humanos no solo deberían tomar recursos, sino que también deberían ocuparse de devolver y proteger lo que la naturaleza da. “La reciprocidad puede ayudar a conservar la biodiversidad porque promueve un vínculo más justo y responsable con todos los seres vivos”, dice.
Díaz habló con Knowable en español sobre su carrera y la crisis que vive la biodiversidad actualmente. Esta entrevista ha sido editada para lograr mayor claridad.
Sus primeros pasos en la biología fueron en la botánica. ¿Cómo pasó de las plantas a enfocarse en la biodiversidad en general?
Decidí primero estudiar biología en la universidad a finales de los años setenta. En ese momento la ecología no existía aún como una disciplina en mi universidad, pero siempre tuve un interés por la naturaleza en general. Cuando tuve que elegir un tema para un proyecto de investigación durante la carrera de grado, no me gustó la situación de matar animales durante las experimentaciones. No es que me pareciera muy cuestionable, sino que yo sentía que no iba a poder hacer eso. Entonces elegí un tema vinculado con las plantas y en ese momento me di cuenta de lo fascinantes que son. También me concentré en la interacción de la biología con las ciencias sociales. Sin embargo, en aquel momento resultaba muy difícil conseguir subsidios para trabajar de manera interdisciplinaria, algo que luego cambió a nivel global.
¿Cómo llegó al concepto de biodiversidad funcional?
En el inicio de mi carrera como científica me interesaba conocer más cómo una planta se relaciona con otras y con animales cercanos y su entorno. Ya desde mi carrera de grado había aprendido el concepto de biodiversidad, que incluye cuántas entidades diferentes hay y cómo están distribuidas. Pero no me atraía tanto la clasificación de las especies sino el rol de cada una.
De alguna manera, cada planta tiene como una “profesión” y, mirando las características externas de la planta, una puede deducir su profesión. Por ejemplo, en sitios donde las condiciones cambian muy rápido y la posibilidad de persistir por más de unos meses es muy baja, predominan plantas que germinan, crecen y producen semillas velozmente y tienen una vida muy corta; en otros sitios donde las condiciones son muy predecibles, los agentes que destruyen el cuerpo de las plantas no son frecuentes, pero hay escasez de recursos como los minerales del suelo, tienden a vivir plantas con cuerpos y estilos de vida muy diferentes: crecen lentamente, tardan mucho tiempo en alcanzar la madurez sexual, viven muchos años, sus hojas y tallos son muy resistentes, preparados para durar.
Al observar las características físicas de una planta se puede inferir en qué tipo de ambiente puede vivir y cómo pueden reaccionar los animales herbívoros frente a ella. Por eso, en mi tesis de doctorado, en lugar de contabilizar las especies de plantas que había en un pastizal de las Sierras de Córdoba, en Argentina, me puse a medir sus caracteres funcionales. Me dediqué a observar y cuantificar rasgos como el tamaño y la textura de las hojas, la altura de la planta o la forma de las semillas, que influyen en cómo las plantas sobreviven o no ante diferentes usos de la tierra, cómo se relacionan con el clima y cómo influyen en el ecosistema —por ejemplo, en los insectos, en el ganado, en la estructura y fertilidad del suelo—. Después seguí mi formación en ese tema.

El gráfico muestra la distribución de la biodiversidad mundial en los principales reinos de la vida según los indicadores de (a) diversidad de especies, (b) diversidad filogenética y (c) biomasa. Si se toma en cuenta la diversidad de especies, ganan los animales. Si se considera la historia evolutiva, predominan las bacterias. Si se mide la biomasa, ganan las plantas.
¿Fue ese el origen del concepto de la biodiversidad funcional? ¿Qué significa exactamente?
La biodiversidad funcional es el valor, la variedad y la distribución de los caracteres funcionales que tienen los organismos y que influyen en cómo viven, se relacionan con otros y afectan al funcionamiento de los ecosistemas. No se trata solo de contar cuántas especies hay en el planeta sino de comprender cómo esas especies participan en diferentes procesos.
La diversidad funcional influye sobre procesos fundamentales de los ecosistemas, de los que a su vez depende el bienestar humano, como la polinización, el reciclaje de nutrientes, la regulación del clima y el control biológico de especies que se vuelven dominantes y causan desequilibrios en los ecosistemas. Esos procesos dependen de la presencia de diferentes tipos de organismos y de sus interacciones, tanto entre sí como con el ambiente.
Para medir ese tipo de biodiversidad, observamos y clasificamos los rasgos de las especies en una determinada zona y estimamos cuán diversa es la comunidad en términos de funciones. Por ejemplo, en un bosque se puede comparar si hay muchas plantas con hojas grandes y raíces profundas o si predominan otras combinaciones. De esta manera se puede identificar qué funciones ecológicas cumple cada comunidad de plantas en determinado lugar. Algunas especies con rasgos particulares pueden volverse dominantes, como los pastos de rápido crecimiento que invaden campos, y otras pueden desaparecer, como algunas flores silvestres que requieren suelos húmedos y se pierden cuando el ambiente se seca. Es un cambio que puede conducir a reducir la variedad funcional y afectar la salud de los ecosistemas.
En 2001 publicamos un trabajo en el que formalizamos el concepto de biodiversidad funcional y su importancia para comprender cómo las especies contribuyen al funcionamiento de los ecosistemas. Desde entonces diferentes grupos de investigación han incluido el concepto en sus estudios. Entre 2010 y 2020 se publicaron más de 10.000 artículos relacionados con la biodiversidad funcional de acuerdo con un trabajo publicado en Ecography.
¿Cómo se mide la biodiversidad funcional?
Hemos registrado las características de las plantas, se hicieron protocolos y la información se sistematizó. Se hicieron manuales como el que lideró mi colega argentina Natalia Pérez Harguindeguy, y en el que yo participé.
Luego, otros colegas hicieron lo mismo para los animales. También, desde 2007, entre muchos colegas construimos un repositorio comunitario abierto de información sobre plantas, llamado TRY, que recopila información sobre rasgos funcionales de las plantas del mundo. Sirvió para realizar miles de estudios científicos.
Después, otros investigadores llevaron a cabo iniciativas similares para medir la biodiversidad funcional en animales y crearon bases de datos como PanTHERIA, Elton Traits, y FishBase. Esas bases reúnen una enorme cantidad de datos sobre rasgos como el tamaño, la dieta y los hábitos de vida de las especies de animales del mundo.
Después de más de 30 años de estudiar la biodiversidad del planeta, ¿cómo describiría su situación actual?
Si se excluye a las bacterias, se estima que hay entre 8 millones y 10 millones de especies eucariotas. Solo se han descrito 2 millones y la mitad de esa cantidad son insectos. En tanto, un poco menos de 400.000 especies aproximadamente son plantas vasculares, con troncos y hojas. El 7 % son hongos. El 4 % son animales vertebrados como las vacas o las víboras. Este último grupo es el más conocido.
En su reporte de 2019, IPBES indicó que más de un millón de especies estarían amenazadas. Este cálculo surge de extrapolar el porcentaje de especies conocidas en riesgo a la estimación total de especies eucariotas.
Por su parte, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) informó en enero de 2025 que más de 48.600 especies están bajo alguna categoría de amenaza de extinción, lo que equivale al 28 % de las especies evaluadas hasta la fecha. Estos datos muestran que la biodiversidad global se encuentra en un claro declive. No es que todas se vayan a extinguir mañana, pero su futuro depende de nosotros, los seres humanos. Hay grupos, como los corales, los anfibios y los tiburones y las rayas, que están en un riesgo mayor de extinción, por encima del 40 %. El 40 % de las especies de plantas también enfrentan algún tipo de riesgo, desde vulnerable a peligro crítico de extinción; pero hay un grupo de plantas, el de las cicadáceas, que tiene un riesgo mayor al 70 %.

De las cicadáceas a los cefalópodos, los datos de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) publicados en 2025 confirman que en todos los grupos evaluados hay especies al borde de la extinción.
La velocidad a la que desaparecen especies hoy es por lo menos entre 10 y 100 veces mayor que la tasa de extinción natural observada durante millones de años en el registro fósil. Otra manera de considerar esta crisis es que los ecosistemas también se han encogido. Por ejemplo, en mi provincia natal, Córdoba, la cobertura de bosques pasó durante el siglo pasado del 30 % al 3 %. También de modo más general se está reduciendo la diversidad genética dentro de una misma especie y eso puede aumentar la vulnerabilidad a enfermedades, como ocurre con las plantas de papa o los huemules.
¿Cuáles son los factores que generaron la crisis actual de la biodiversidad?
Una evaluación científica internacional publicada en 2022 identificó que el principal factor humano detrás de la crisis de biodiversidad es el cambio en el uso de la tierra y de las costas, que abarca la expansión agropecuaria, la urbanización y la infraestructura petrolera. El segundo factor es la explotación directa de organismos, como la caza, la pesca y la tala.
A esto se suman el cambio climático, la contaminación y, por último, la introducción de especies exóticas que se vuelven invasoras. El ranking de los factores puede variar cuando se consideran los ecosistemas específicos.
¿Cómo se puede acercar a la sociedad en general el problema de la crisis de la biodiversidad?
Es un gran desafío. Por eso ahora hablamos del tapiz de la vida. Significa que todos los seres vivos estamos entretejidos en un tapiz en el que tenemos vínculos evolutivos, ecológicos y simbólicos. Parece poético, pero responde más a la última evidencia científica. Compartimos genes con otros organismos, porque todos venimos de un organismo primigenio. No hay una discontinuidad biológica. Nos alimentamos, nos vestimos y tenemos un clima que también depende de la presencia de otros organismos. En cuanto a lo simbólico, por ejemplo, las plantas, los animales, los ecosistemas y los paisajes también configuran parte de la identidad de cada persona, de cada pueblo o de cada país. Esta manera de hablar, que se refiere a otras formas de vida y también a los humanos y a las experiencias que se han vivido en coexistencia como un tapiz viviente, puede hacer que las personas se conecten más con la biodiversidad.
“Tenemos que admitir que los organismos no son un ‘algo’ sino que son otros seres y desde esa visión hay que convivir y desarrollar humildad: no somos los únicos que estamos en el planeta.”
— SANDRA DÍAZ
Pensar la biodiversidad como algo íntimamente conectado con la vida cotidiana, y no como algo allá afuera o que se ve en los documentales de naturaleza, es un cambio muy importante en las narrativas sociales. Procuramos que este giro narrativo ocurra a través de la comunicación pública de la ciencia, pero somos conscientes de que no alcanza. La idea es ir instalándolo en la conversación social, en los medios de comunicación y plataformas, en los ambientes corporativos, en todos los niveles del sistema educativo.
El tapiz de la vida implica que todos estamos conectados. ¿Por qué en uno de sus últimos trabajos incorporó el concepto de reciprocidad? ¿Qué relación tiene con la biodiversidad?
Reciprocidad es un concepto que los biólogos aprendimos de las ciencias sociales y por la interacción en los foros con las comunidades indígenas. En el trabajo que publiqué con el científico vasco Unai Pascual abordamos la reciprocidad desde una visión que tiene en cuenta que todos los seres vivos que nos rodean no son objetos, sino que son entidades autónomas y actúan sobre el mundo. La biodiversidad y la reciprocidad son conceptos entrelazados porque todos los seres vivos comparten el tapiz de la vida, donde existen vínculos y dependencias mutuas. Si cuidamos la biodiversidad, se debe reconocer y respetar esa relación de intercambio entre personas y naturaleza.
Los organismos tienen su propia vida, nos brindan cosas, pero también hacen acciones que, a nosotros, los seres humanos, a veces no nos gustan, como las hormigas en el jardín o las palomas en el balcón. Y, por supuesto, la pandemia causada por el coronavirus SARS-CoV-2 es un ejemplo mayúsculo de la capacidad de agencia de los organismos no humanos, es decir, que pueden actuar de manera autónoma y autodeterminada. Tenemos que admitir que los organismos no son un “algo” sino que son otros seres, y desde esa visión hay que convivir y desarrollar humildad: no somos los únicos que estamos en el planeta.
Otra dimensión de la reciprocidad es el mutuo respeto. Los seres humanos necesitamos de otros organismos para vivir y recibir beneficios, pero también tenemos obligaciones, como no exterminar, no extraer más de lo que se necesita, no matar animales en determinadas etapas de desarrollo, como hembras preñadas o crías, entre otras. Es como hacer un trato con los vecinos no humanos de los cuales dependemos.
Las Naciones Unidas ya han advertido sobre la crisis de la biodiversidad en el contexto de la crisis climática. ¿Qué propone para afrontar esos problemas?
Son dos crisis que están íntimamente relacionadas. La destrucción de los ecosistemas agrava el cambio climático. A su vez, el cambio climático impacta en la biodiversidad. Por eso, se necesitan acciones conjuntas para afrontar esas crisis. Se deberían hacer cambios profundos en los modos de vida y de producción, en las políticas de energía, agricultura y comercio para proteger la salud humana y los ecosistemas. Empezar por considerar la reciprocidad con la naturaleza puede ser clave para un futuro más sano y justo.
10.1146/knowable-051226-1
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