No en vano lo llaman calor infernal: las altas temperaturas confunden a los animales
A medida que suben las temperaturas, algunas criaturas se pelean mientras que otras tienen dificultades para aprender. Las consecuencias de estos cambios de comportamiento pueden extenderse por los ecosistemas.
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En un día de calor abrasador en Sudáfrica, las aves turdoides bicolor hembras no pueden pensar con claridad. Estos pájaros, de tamaño mediano y plumaje blanco y negro, intentan alcanzar unos sabrosos gusanos de la harina que se encuentran detrás de una barrera transparente. En días más frescos, las aves se dan cuenta rápidamente de que lo único que tienen que hacer es ir alrededor de la pequeña pared de plástico. Pero cuando la temperatura sube, las aves se limitan a picotear obstinadamente la barrera.
Ese experimento forma parte de un creciente conjunto de investigaciones que demuestran que los animales se confunden durante las olas de calor. Cuando hace calor fuera, a las aves les cuesta aprender, los perros muerden con más frecuencia y las gamuzas de los Alpes, parecidas a las cabras, buscan pelea. Esto es una mala noticia no solo para quienes se meten con los nervios de esas gamuzas. Si los animales no pueden mantenerse lo suficientemente alertas como para encontrar comida o evitar a los depredadores, sus posibilidades de supervivencia se reducen, afirma Amanda Ridley, ecóloga conductual de la Universidad de Australia Occidental y coautora del estudio sobre el turdoide bicolor.
Dado que el cambio climático hace que las olas de calor sean más frecuentes, este tipo de deterioro cognitivo en todo el reino animal podría extenderse por ecosistemas enteros, poniendo en mayor riesgo a especies ya de por sí frágiles. Si los polinizadores olvidan qué flores visitar, los cultivos y las plantas silvestres podrían fracasar. Si las aves no pueden encontrar comida con la misma facilidad, es posible que sus crías no sobrevivan. Y en un planeta que se calienta, una mente ágil es especialmente vital. “Un clima cambiante significa que la capacidad de adaptarse conductualmente es aún más importante”, afirma Ridley.
Calenturas
Hay muchas pruebas de que el calor afecta a los animales. Las aves, por ejemplo, dedican menos tiempo a buscar comida y a alimentar a sus crías; incluso cantan menos. En su lugar, se quedan sentadas durante horas con las alas extendidas para disipar el calor y jadean con el pico bien abierto. Algunos animales se refugian a la sombra o se esconden en madrigueras frescas —una vez más, saltándose las comidas—. Las abejas, por su parte, se salpican la cara con gotitas de agua en pleno vuelo cuando hace un calor abrasador. De esta forma, “consiguen un enfriamiento por convección para su cerebro”, afirma Emily Baird, neurocientífica de la Universidad de Estocolmo.
Sin embargo, algunas de las primeras pistas de que las altas temperaturas pueden afectar a la mente procedían de estudios en humanos. Ya en el siglo XIX, el astrónomo belga Adolphe Quetelet observó que los delitos violentos en Francia alcanzaban su punto álgido en verano. Estudios posteriores relacionaron las altas temperaturas con la violencia con armas de fuego, los ingresos hospitalarios por problemas de salud mental, el suicidio y el juego. Cuando hace calor, a las personas les cuesta tomar decisiones y su memoria se ve afectada. Según un estudio, para los alumnos de colegios sin aire acondicionado, un año escolar con solo un grado Fahrenheit más de temperatura reduce las calificaciones en un 1 %.
Cada vez hay más pruebas de que otras especies también pueden volverse más agresivas cuando suben las temperaturas. Un estudio de 2023 que analizó minuciosamente casi 70.000 informes de perros que mordieron a personas en ocho ciudades de EE.UU., desde Chicago hasta Baltimore, descubrió que esos incidentes eran más probables en días calurosos, soleados y con smog. El riesgo era un 10 % mayor en un día con 90 grados Fahrenheit (32 °C) que en uno con 60 grados Fahrenheit (16 °C) —y no solo porque la gente tiende más a salir a pasear cuando está soleado (los investigadores controlaron los efectos estacionales en sus datos)—.

Cuando se coloca frente a un espejo, el pez golden julie intensifica su postura agresiva hacia el pez “desconocido” cuando la temperatura del agua aumenta.
CRÉDITO: ISTOCK.COM / MIROPA
Aun así, los científicos no pudieron determinar si los perros se vuelven más agresivos a medida que sube la temperatura, o si los humanos irritables provocan más ataques. “Es probable que tanto los humanos como los perros se estresen y se enfaden más a temperaturas más altas”, afirmó Clas Linnman, neurocientífico de la Universidad de Miami y coautor del estudio.
Y no se trata solo de los perros: un estudio de 2025 realizado en China demostró que muchos animales, incluidos gatos y serpientes, son más propensos a morder a las personas cuando hace calor.
Los animales también parecen perder los estribos entre ellos, especialmente si hay comida de por medio. Científicos utilizaron binoculares y telescopios para observar a las gamuzas de los Alpes, unos animales salvajes parecidos a las cabras que se alimentan de plantas ricas en proteínas en las laderas de los Apeninos italianos. Más de 1.600 horas de observaciones a lo largo de dos veranos revelaron que, cuando las temperaturas subían de 54 a 64 grados Fahrenheit (12 a 18 grados Celsius), la vegetación escaseaba y, a su vez, la agresividad de las gamuzas se disparaba. Los animales se volvieron territoriales con los restos de comida, adoptaron posturas amenazantes y se persiguieron entre sí —ataques que, en ocasiones, se intensificaron—. Los autores del estudio predicen que la agresividad de las gamuzas aumentará un 50 % para 2080 debido al cambio climático.
Cuando suben las temperaturas y escasea la vegetación, las gamuzas de los Alpes se vuelven más agresivas entre sí, como se muestra en este vídeo.
CRÉDITOS: N. FATTORINI ET AL / SCIENCE OF THE TOTAL ENVIRONMENT 2023
El pequeño pez tropical llamado golden julie (Julidochromis ornatus) también se vuelve agresivo con el calor. Normalmente, cuando se coloca un golden julie frente a un espejo, ve su imagen reflejada como a un extraño y muestra cierta hostilidad, levantando la aleta, por ejemplo. Pero si la temperatura del agua, que normalmente es de 78 grados Fahrenheit (25 °C), se eleva a 84 grados Fahrenheit (29 °C), el pez tiende a volverse más agresivo y puede morder y golpear el espejo con la cola, mientras intenta asustar o atacar a la imagen reflejada.
Problemas cognitivos
Las olas de calor también pueden dificultar la capacidad de aprendizaje de los animales, como observaron Ridley y sus colegas con las aves turdoide bicolor. En uno de sus experimentos, se presentó a las aves un sencillo bloque de madera con dos agujeros perforados, cada uno cubierto con una tapa. Si el pájaro picoteaba la tapa, esta giraba, revelando o bien un agujero vacío o bien un sabroso gusano de la harina (los turdoides, dice Ridley, “se sienten muy motivados por los gusanos de la harina”). Una tapa era oscura y la otra de un tono más claro del mismo color. Durante las olas de calor, los pájaros necesitaron el doble de intentos para aprender que el gusano de la harina siempre estaba escondido bajo la tapa del mismo tono.

Un turdoide bicolor salvaje examina un artilugio que contiene un sabroso gusano de la harina debajo de una de las dos tapas. Las aves pueden aprender a asociar una tapa de un tono de color concreto con el gusano de la harina, pero cuando hace mucho calor, les lleva mucho más tiempo hacerlo.
CRÉDITO: C. SORAVIA ET AL / ROYAL SOCIETY OPEN SCIENCE 2025
Otro grupo de científicos realizó pruebas con diamantes cebra, unas bonitas aves cantoras australianas, y descubrió que, si las temperaturas son altas, ellas también tienen problemas cognitivos. Al intentar averiguar cómo sacar un gusano de la harina de un tubo transparente con una abertura en un extremo, se limitaban a picotear el tubo, dice la coautora del estudio Elizabeth Derryberry, bióloga evolutiva de la Universidad de Tennessee, en Knoxville. Es el equivalente aviar a “darse cabezazos contra una pared de ladrillos”, afirma.
A esto se suma a que, hace varios años, investigadores demostraron que, cuando hace calor, los ratones tienen dificultades para orientarse en un laberinto y olvidan los objetos que han visto el día anterior. Más recientemente, investigadores descubrieron que los guppies machos, un popular pez de acuario, también tienen dificultades para atravesar un laberinto tras pasar varios días en agua a 32 °C, similar a una ola de calor, incluso si el premio por hacerlo bien es una hembra virgen —a la que suelen encontrar especialmente atractiva—.
Para animales como los peces y los insectos, que no pueden controlar su temperatura corporal, las olas de calor podrían ser especialmente perjudiciales. “Los cambios en la temperatura del aire afectarán a la temperatura del cerebro”, afirma Baird. Un cerebro más caliente podría dificultar el funcionamiento de los nervios y eso, según ella, “podría afectar a la percepción, la memoria y el aprendizaje”.
Cuando Baird y sus colegas intentaron enseñar a los abejorros a asociar la sacarosa dulce con el color azul y la quinina amarga con el amarillo, la mayoría de los abejorros aprendieron el truco a 77 grados Fahrenheit (25 °C), pero menos de la mitad lo consiguieron a 90 grados Fahrenheit (32 °C). Este deterioro cognitivo podría suponer un problema en el campo: si los insectos olvidan qué flores deben polinizar (en el caso de los abejorros, estas incluyen tomates y arándanos) o cómo volver a casa con el néctar, no solo sufrirán los polinizadores, sino también la agricultura humana, afirma Baird.
El calor también parece reducir peligrosamente el estado de alerta de los animales. En los recientes experimentos de Ridley, cuando la temperatura en el desierto del Kalahari alcanzó los 96 grados Fahrenheit (35,5 °C), los turdoides bicolor perdieron su capacidad para reaccionar adecuadamente ante los depredadores. En sus estudios, los investigadores atraían a las aves hacia una forma misteriosa cubierta con una manta de color arena, utilizando gusanos como cebo. En cuanto un pájaro se acercaba, los científicos revelaban lo que se ocultaba debajo: o bien un carnívoro disecado parecido a un gato llamado gineta, o bien una caja de madera de tamaño y color similares. Las aves se asustaban ante la gineta cuando las temperaturas eran más frescas: gritaban, escudriñaban los alrededores o simplemente huían. Pero cuando hacía calor, se comportaban de manera muy similar, tanto si se enfrentaban al carnívoro como a la caja. Ridley sugiere que esto podría traducirse en mayores probabilidades de sufrir ataques mortales de depredadores a medida que aumenta el calor, lo que podría perjudicar a las poblaciones de pájaros turdoides bicolor y otras especies de presa.
Estos estudios no son meras abstracciones. En el Kalahari, donde los pájaros turdoides bicolor utilizan su ingenio para buscar gusanos, las temperaturas están aumentando el doble de rápido que la media global. En los ríos tropicales, donde los guppies machos buscan pareja, las olas de calor son cada vez más largas e intensas. Es la misma historia en gran parte del planeta: las temperaturas suben y el pensamiento de los animales se ve afectado, lo que podría poner en peligro a las especies. Los efectos pueden verse magnificados en ciertas zonas, como las ciudades, que a menudo registran temperaturas aún más altas que las zonas no urbanas. En todo caso, afirma Ridley, “probablemente estamos subestimando los efectos del aumento del calor en la mente de los animales”.
Artículo traducido por Debbie Ponchner
10.1146/knowable-060926-1
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